lunes, 25 de enero de 2016

Nada.

Ella tiene la misma nariz que su padre, con los ojos espectantes de su madre. Es tan linda que me sorprende aún siga sin compromisos, estos hombres no saben nada de la vida. Esperan tenerlo todo para darse cuenta que en realidad no tenían nada importante; buscan las cosas materiales cuando en realidad necesitan solamente amar.

#EsaSeñoraSíQueSabe

martes, 5 de enero de 2016

25 y un milagro - Después del final

La abracé con ternura y besé su mejilla. Se veía espectacular, era su día especial. Mi pequeña se veía radiante. No puedo creer lo grande que está, pareciera que hace un par de años aprendía a andar en bicicleta y atarse los zapatos y ahora maquillada y peinada debo entregarla en su boda. La ceremonia fue hermosa, había tanto amor entre ellos, era innegable. Alejandro la amaba y ella lo amaba a él, la forma de verla me recordaban a un yo más joven, más aventurero, años antes cuando estaba en una situación similar. Diana me había enseñado del amor como nadie, estos años juntos había aprendido que se puede amar y que se puede ser feliz. Mi hija ya estaba comenzando una nueva y excitante etapa de su vida, tenía todas las posibilidades a sus pies. Entramos a la recepción y saludamos a quienes venían entrando para celebrar de este día con nosotros. Alejandro ayudaba con los más desorientados y los llevaba a sus asientos mientras Bianca estaba radiante recibiendo abrazos y felicitaciones.
Una vez adentro, fui a la cocina a buscar las bandejas con más comida cuando escuché su voz. "Nunca te han gustado los camarones Miguel". Quedé perplejo, era cierto, no me gustaban, pero al resto de mi familia si y ellos querían comerlos. ¿Por qué sigo pensando en camarones cuando acabo de ver al fantasma de mi ilusión encarnado frente a mí? "¿Bianca?" Incurrí nervioso, "¿De verdad eres tú?" Ella nerviosa se acercó y asintió. Tocó mi mejilla y el peso del pasado me dominó, caí de rodillas y me costaba respirar. ¿Cómo era posible? ¡No tenía sentido! Llevo más de 20 años de mi vida pensando que el amor de mi vida había muerto. Pasé años culpándome por no haberla protegido y sobre protegiendo a Diana para no perderla también. ¿Qué le diré a ella? Mi esposa no puede enterarse de esto. Por más que lo intente, las cosas nunca tendrán su orden si ella se entera que el amor de mi juventud aún sigue dando vueltas en mi cabeza. Bianca me tomó de la mano para levantarme y suspiró más aliviada. "Sé que necesitas explicaciones, y estoy dispuesta a dártelas, ¿y si nos vemos mañana en el Restó de la villa?" Fue su siguiente movimiento. "¿Mañana? ¿Miércoles?" Resoplé embravecido, "¿cómo pretendes que actúe normal cuando ya me has hecho tanto daño? No puedes morir y pasar veinte y tantos años haciéndome creer que te fuiste, dejándome sufrir sin darme ni una pequeña señal de vida, no puedes luego de todo volver y decirme que todo va a estar bien, porque no lo estará. Vete" y volteé sin creer lo que había dicho, volteé para avanzar con mi hija, con mi esposa Diana y con el nuevo integrante de la familia, seguí adelante para olvidar ese fatídico cuadro en mi vida que me había enseñado tanto mientras me partía el corazón a la mitad.
Diana me vio volver alterado, estaba con mi presión por los aires y aún no hallaba el ritmo respiratorio normal, tocó mi frente y me alcanzó un vaso de agua. “Al fin podremos conocer a los padres de Alejandro” me avisó, “Viajaron 6 horas para estar con su hijo en un día tan especial como hoy”. “¿Dónde están?” pregunté sorprendido; había hablado un par de veces con José y me contó de su vida, había enviudado cuando el pequeño Alejandro solo tenía 3 años y conoció a María, quien crio a su hijo como si fuera suyo. José era el tipo del hombre del que cualquiera quisiera ser amigo, era simpático y sencillo, cada mes viajaba al sur a buscar más mercadería para su empresa, de ahí que Alejandro sabía tanto de ese rubro, estudió la ingeniería que le permitía ayudar en la empresa y vivía de una manera acomodada. Con Alejandro sabía que Bianca estaría tranquila. Ellos eran una familia buenísima, hablaban con palabras cultas y reían con cosas sencillas. Me agradaban mucho y estaba feliz que fueran mi familia, ya era hora de conocerles físicamente.

Entraron al salón y quedé atónito. Alejandro corrió a abrazar a un hombre alto y con cara amable, asumí que era José. Lo que me contuvo pálido fue ver a María, su mujer, ella era alta, cabello rizado, piel tostada y ojos alegres, su apariencia delataba su felicidad y vida plena pero una evidente preocupación. Diana agarró mi brazo y me jaló hacia donde estaban ellos, saludó con gusto a José y besó en la mejilla a María… a la que yo ya conocía como Bianca.