lunes, 30 de marzo de 2015

Hasta la media noche... cual Cenicienta

Tengo una visión diferente del mundo. Una de la que vale la pena mencionar. Cuando surgió toda la efusión de la Cenicienta, la película nueva, no sé qué tiene de novedoso, pero ya entendí: queremos sentir que la magia es más real, más humano, que tenemos más cerca la fantasía.
Así mismo me siento, sólo que no necesito magia para sentir la fantasía.
No sé si lo llegarás a leer, pero ese día que te apoyaste en mi hombro, mirábamos a la gente bailar, escuchábamos la música y veíamos como a la viejita le iba a doler la cadera a la mañana siguiente. En ese instante, ese preciso segundo cuando tu cabeza tocó mi hombro, todo mi ser se electrificó. Sentí mis nervios desde el borde de mi talón -solo porque la punta de los pies ya está muy gastado- hasta llegar a mis uñas, bordeando mis hombros y subiendo a mi cabeza. No voy a mentir, tenía muchas ganas de tomar tu mano, tenía un deseo firme que mis impulsos guiaran mis movimientos y marcar ese momento por toda la vida. No lo hice y no me arrepiento, solo me quedé con las ganas de saber qué habría pasado. Esa misma electricidad la sentí junto a un olor de pizza al día siguiente, cuando decidí dejar que mis impulsos guiaran mis manos hasta las tuyas. Manos firmes, fuertes, suaves, protectoras, llenas de seguridad y muertas de miedo al mismo tiempo. Pienso que ese pavor provenía del nerviosismo de la novedad, esto que es tan insólito en gente como nosotros.
No puedo evitar recordar el movimiento casi de baile al cambiar de lado para subir al auto, lo admito, no quería soltarte, no quería sentir como esa corriente me dejaba, quería que ese segundo durara por más de una noche, como dicen los cuentos, hasta más allá de la medianoche, aunque fueran las 1 de la mañana.
Luego llegamos y otra vez ese punzón constante. Ese dolorcito en la parte posterior del cuello, esa energía que me impulsa a pensar en el siguiente movimiento, buscar la excusa perfecta para encontrar esa electricidad otra vez. Intenté sacar de mi cabeza el olor de la comida, borrar de mi boca el sabor del helado, eliminar de mi vista la película y quitar de mis oídos los parlantes de la sala, quería que todos mis sentidos se concentraran en esa energía, ese punzón, esa sensación de cosquilleo en la espalda. Una vez más llegó y duró todo el tiempo que jugábamos a qué tan suave estaban las uñas del otro. Luego de eso, no pude evitar buscar eso otra vez. Eso que te causa tanto nervio. Eso que te hace vulnerable y completamente expuesto, eso que me encanta porque te hace ver valiente.
Siempre has sabido mejor que yo en cuanto a eso, bajar los muros y dejar que vean tu corazón, pero no es difícil, desde tus ojos se puede ver la claridad, la paz, la emoción, porque eres así, sin oscuridad que nuble tus más profundos deseos. No como yo, que pongo muros cada vez que siento una amenaza, cada vez que siento que quedaré expuesta. Esta vez es diferente, haces que quiera ser mejor y borrar todas las lineas que he dibujado entre el mundo y yo, entre la vergüenza y mi alma. Ya no hay barreras que me impidan ser directa, firme y fuerte ante lo único que me dobla hasta las rodillas, lo único capaz de hacerme parecer una niña pequeña, sin tener más que una idea.
Es interesante como la mente trabaja, piensas que todo está hecho, hasta que haces algo más.

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