Es especial cuando en un
instante todo se transforma para dar paso a un nuevo deseo, el deseo de
mejorar, de hacer las cosas bien. Eso sucedió conmigo cuando comencé a hacer
clases particulares.
Todo comenzó cuando me vi
enfrentada al desafío de trabajar para pagar la universidad. La primera opción
de “Vida universitaria relajada” ya estaba fuera, tuve que despertar de mi
sueño y comenzar a vivir la vida universitaria como debía ser.
La primera clase de inglés fue
interesante, una familia desorientada, sin propósito. Mi corazón se ablandaba
cada vez que entraba a esa casa a enseñarle palabras nuevas a un pequeño de 10
años. Recordé esa experiencia cuando vimos la película “Coach Carter” y todos
los desafíos que los muchachos tenían, con mis compañeros de la universidad
analizamos y llegamos a la conclusión que lo que hacía el entrenador: buscar
los objetivos y exigir logros era parte de su forma de ser, lo cual funcionó
muy bien en ese caso…. Pero yo quedé pensativa, ¿Cómo ayudar a alguien con esa
mirada? Sus caras necesitadas de afecto y el desafío que tenía por delante: ser
mejores. Esa misma mirada la vi en Diego, cuando se entristecía porque su mamá
salía a fumar al pasillo y su papá le decía cosas feas. Ese pequeño no tenía la
culpa de nada, pero parecía que era todo a causa de que él existía.
Semanas pasaron y juegos
vinieron, más clases y más alumnos llegaron, pero Diego seguía ahí, listo para
sus clases, porque era el único momento en el que él sentía que de verdad
importaba en este mundo, que alguien se preocupaba por él. Jugábamos y aprendíamos
juntos, todos los días eran risas y avance; sin embargo algo cambió en Diego
cuando lo regañé por decir una grosería, le expliqué que no era bueno ni
agradable, y luego de decirle lo especial que él era, le pedí por favor que no
volviera a ocupar tal lenguaje. Su madre estaba ahí y nos escuchó. Desde ese
día, aunque no lo noté de inmediato, las cosas cambiaron drásticamente.
Seguía asistiendo a clases en
la Universidad, cursando uno y otro mes, trabajando uno y otro mes. Esencialmente
todo era igual, pero a la vez todo se había transformado en algo nuevo y mejor.
Cada vez que iba a la casa de Dieguito podía sentir un ambiente diferente, un
poco más amor y más paz en el ambiente. No sólo estaba enseñando palabras y
frases en inglés, estaba ayudando a una familia a respetarse, a tratarse con
más cariño, a sonreír y a pedir con amor las cosas que se desean.
Mientras realizábamos una
lectura del documento de Cox, pensé en todos los niños de esa época, su deseo
de estudiar pero las fallas de currículum no les daban la oportunidad de
avanzar, hasta que se implementó la reforma, la que muchos esperaban. Pienso en
el Señor Rogero que, en su texto “Mi paso por la educación primaria” expresa lo
que había estado experimentando hasta este momento: “Ser maestro implica amar
la vida profundamente, cultivar la relación humana con todos y todas y querer a
los chicos y chicas de su aula” Descubrí en mi experiencia que amaba a ese
pequeño, deseaba su bienestar y me apasionada enseñarle las cosas buenas y
lindas de la vida, del amor y del respeto, buscaba las instancias para hacer
una actividad con él, y cuando no teníamos clases era un pequeño vacío en mi corazón.
Busqué encontrar más ideas
para ayudar a esas familia que visitaba, presté atención a las risas de los
niños y niñas que vi en la salida a terreno que hicimos como comunidad de
aprendizaje. No había imaginado antes que estar en el mismo colegio del que
egresé iba a ser tan diferente ahora que iba con una mirada de docente más que
de alumna. Busqué sus risas y lo que las causaba. Tuve un descubrimiento
especial: El sentimiento de pertenencia.
Eso fue lo que acerqué a mi
corazón, la pertenencia. Yo pertenezco a una familia hermosa, pero no todos mis
alumnos lo hacen. La nueva situación desafiante es poder ayudar a la mayor
cantidad de personas a encontrar la pertenencia, esa que yo encontré al sentir
la pasión de enseñar y ver en los ojos de mis alumnos la emoción de finalmente
entender.
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