Era
más fácil mirar por la ventana del bus que seguir pensando en las millones
posibilidades por las que ella me habría rechazado. No era justo, yo era todo
lo que ella pedía en un hombre, ella siempre lo había dicho. Me esforzaba
constantemente por ser la mejor versión de mí mismo, pero ya nada importaba
porque se había ido sin dar explicaciones. La lluvia seguía cayendo por la
ventana y unas gotas tímidas entraban por el pequeño espacio que la goma
gastada dejaba ver, y yo seguí sin entender el porqué de la cuestión.
No
me aguanté lo Emo del momento y comencé a hacer el clásico video clip
imaginario: puse lo típico para estos momentos, me puse la capucha del gorro y
apoyé mi frente en el vidrio rayado del bus. Era el momento ideal para sentir
pena, veía cómo el universo seguía mi video clip cuando aparecieron esos
chicos, él le besaba la frente a ella y tiernamente la tomaba por la cintura,
como yo solía hacerlo con mi novia.
Íbamos
a casarnos, teníamos todo planeado... bueno, yo lo había planeado todo. Miraba
de reojo mi mochila y el bulto del bolsillo delantero, esa cajita cuadrada ya
no tenía más valor que cualquier otra, con cualquier otro anillo dentro.
Justamente ayer había sido mi cumpleaños y lo pasamos de maravilla, ella
sonreía y todo era especial entre nosotros. ¡Santo Cielo! sí que había tenido
suerte, después de todo, una chica como ella no solía fijarse en chicos como
yo.
Anna
era atenta y servicial, sonreía constantemente y tenía un gusto extraño por los
dulces, gusto que aunque no compartíamos, sabíamos mezclar con mi salado
paladar. Nos conocimos en una librería, ella buscaba el famoso Harry Potter,
tiempo después me vine a enterar que jamás lo había leído, empezamos juntos
porque era uno de mis favoritos. Como cualquier otro día, yo había entrado a la
librería a ver cómo iba todo en mi día de descanso; solían pasar las anécdotas
más locas cuando Karen estaba en la tienda, rara vez eran anécdotas buenas si
debo aclarar; conversé un momento con Luis, el chico nuevo que llevaba un par
de días trabajando, y mientras reíamos, entró ella: Anna. Con su bufanda
turquesa y su chaqueta blanca resaltaba en la tienda llena de grises y cafés de
invierno. La miré detenidamente y reconocí el típico paseo de no saber dónde
buscar entre tantos libros aguardando salir, miré rápidamente a Luis y le hice
señas para que fuera a atenderla, cómo deseaba haber estado de turno ese día
para hablar con ella sin ningún miedo, pero la ansiedad me comía y no pude
evitar hacerme pasar por un cliente más. Cuando semanas más tarde ella se
enteró que la tienda era mía no podía evitar mirarme entrecerrando los ojos y
repitiendo un sordo “me engañaste”. Ese día en la tienda sabía que no debía
perderla de vista. Me confesó que estaba recién adquiriendo el gusto por los
libros y le parecían fascinantes los tesoros que ya había encontrado; había
navegado entre las olas de ‘Mil leguas de viaje submarino’ y se había perdido
en la chocolatería de Willy Wonka, acompañó al León durante los 7 libros de ‘Las
crónicas de Narnia’ y se había roto su corazón con el diálogo de Mr. Darcy en
el mundo romántico de Jane Austen. Sus ojos reflejaban la chispa que encendía
todo ese motor de lectura, su mirada era espectacular, creo que de eso me
encanté en esos escasos dos minutos que hablamos entre pasillos.
El bus
frenó bruscamente y mi video clip se vio interrumpido por el griterío de unas
mujeres en la calle, la gente de delante del bus corría sin parar y no podía
entender la situación tras la música rompecorazones que había puesto para vivir
mis penas. Retiré mis audífonos y escuché pequeñas explosiones y mucha gente
llorando, todos corrían frenéticos y yo aún en el limbo. Una mujer entrada en
edad gritó un ahogado “Consigan ayuda” antes de romper a llorar. ¿Qué era todo
este alboroto? Pensé entre dudas y temor. Me apuré a acercarme a la ventana
frontal del bus pero los intentos eran nulos por las llamas que se elevaban sin
avisar. De una película desgarradora digna de un Nicholas Sparks, había pasado
al más temible escenario de cualquier Destino Final. Mis revoluciones habían
aumentado más rápido que cuando estuvimos con Anna en un terremoto en India,
todo se derrumbaba pero para nosotros no era algo desconocido, crecimos con
sismos y nada menor a 7 grados nos preocupaba demasiado. Ella se reía
suavemente mientras veía a la gente correr despavorida por un ‘grado 5’. Ella decía
que con suerte la gente sobreviviría a un ‘grado 8’, decía que un ataque al
corazón se los iba a llevar antes de poder salir arrancando.
Intenté
aliviar la situación y calmarme para encontrar la manera de romper la ventana
del bus que ya se completaba con llamaradas más altas que una casa de dos
pisos. Tomé el martillo ‘en caso de emergencia’ y no sirvió para nada, era peor
que un juguete chino; sin embargo, y para suerte mía, eventualmente la ventana
con su goma gastada cedieron ante la presión que las personas de afuera
ejercían y calló frente a mis pies, dejando libre la ventana para que las 3
personas y yo pudiéramos escapar al monstruo que casi nos comía rostizados. Ya
en tierra mis revoluciones se calmaron un poco y logré mirar a mi alrededor en
busca de pistas que me revelaran qué había sucedido: un par de personas
quemadas, un camión impactó al bus de frente, dos choferes muertos, una avenida
completa envuelta en llamas y mucha, muchísima gente sin entender qué había
pasado en esos eternos 15 minutos.
Bajó
un libro del estante y me miró risueña, era ‘La piedra Filosofal’ y me invitó a
leerlo juntos, no podía negarme a tan aventurera invitación: serían siete
libros de emociones e intrigas, siete entregas en los que podríamos entrelazar
nuestros corazones a medida que crecía su amor por el mundo en palabras. Pero
solo llegamos a la mitad del primero cuando me dijo que estaba cansada de todo,
cansada de mí y de mis ganas de seguir con un mundo de fantasía que, según
ella, eran más importantes para mí. Lo que aún ella no entendía era que lo que
más me gustaba de los personajes era la manera en que podía reflejarlos en
ella. Las características que más amaba en un personaje estaban en Anna, y eso
la hacía más especial que cualquier personaje de mis sueños, o cualquier
personaje de mis más preciados libros. Anna, sin entender a razones, salió
furiosa de la casa; era nuestra primera gran pelea y había sido terrible. Por
supuesto que no lo entendía, de un momento de plena paz y tranquilidad, pasamos
a sobre exaltarnos hasta odiarnos. Solo podía esperar que se calmara y calmarme
yo mismo.
Pasaron
varios días en los que me costaba concentrarme, era difícil leer las historias
que sabía hasta de memoria. Me daba vueltas el episodio que habíamos vivido con Anna y
quería arreglar las cosas. Volví a su casa una mañana más fría de lo normal para
encontrarla de rodillas en la puerta, con ojos hinchados, labios partidos y la
nariz enrojecida. Solo pude abrazarla, ella y su hermosa sonrisa, me dijo que
no sabía qué había pasado y que no entendía qué era lo que la había hecho
enojar, pero que estaba apenada y quería recomponer esto que teníamos, que era
precioso. La sostuve por la cintura y ella agarraba mi nuca, nos acercamos con
ternura y, entre lágrimas, nos besamos.
La
adrenalina del momento no me había dejado percatar que todo mi brazo derecho
estaba ardiendo, me había quemado mientras intentaba abrir la ventana del bus,
ahora era un dolor intenso que no me dejaba hacer más que gritar del dolor. La
enfermera que estaba ayudando a los heridos me escuchó a lo lejos y decidió
acercarse para aliviar un poco el ardor. “Necesito cortar su camisa” me dijo,
tenía un acento extranjero, como si viniera del pueblo de al lado, justo al que
me dirigía. “No se mueva, necesito cortar su camisa para que no se le pegue”
volvió a decir, pero mis reflejos eran más fuertes que mi voluntad de
permanecer quieto. Hizo un gran trabajo para sacar todos los trozos de tela que
quedaban cerca de mis heridas, me aplicó un tipo de crema que disminuía el
ardor y sanaba quemaduras; mientras me la aplicaba, aproveché de ver sus ojos:
profundos ojos café que revelaban dolor. Eran semejantes a una pintura que yo ya
había visto. Sus facciones eran preciosas y sus labios tenían una forma muy
peculiar. Me preguntó si recordaba mi nombre y asentí. “¿Quieres decirme cuál
es?” preguntó tímida. Soy Frank, respondí, pero eso ya lo sabías. Claro que lo
sabía, necesitaba salir del shock para darme cuenta frente a quién estaba. Debí
haber parecido un loco, frente a la mujer que amo y sin reconocerla. “¿Qué
haces aquí?” le pregunté con ansias. Pero no, ella no quería volver a la misma
dinámica que habíamos estado repitiendo por las últimas semanas, ella merecía
mucho más, pero yo aún quería sentir eso que me hacía feliz. Quizá ya se había
dado cuenta de mi problema, quizá siempre lo supo, pero esa tarde era una tarde
que no quería explicar, ya habrá tiempo para eso un poco más adelante, lo importante ahora es concentrarse en los hechos, en el choque y en qué había pasado en realidad.
Me encanta,:)
ResponderEliminarRealmente te admiro Bárbara,pero espero continuar leyendo más sobre esta historia=)!
Fan N°1
Gracias (:
EliminarEn realidad ya tiene continuación :D
http://apurplething.blogspot.cl/2016/07/rechazo-aceptado-fregoli-2.html
Gracias por tu buena onda :v