sábado, 9 de julio de 2016

Un Rechazo Aceptado

Era más fácil mirar por la ventana del bus que seguir pensando en las millones posibilidades por las que ella me habría rechazado. No era justo, yo era todo lo que ella pedía en un hombre, ella siempre lo había dicho. Me esforzaba constantemente por ser la mejor versión de mí mismo, pero ya nada importaba porque se había ido sin dar explicaciones. La lluvia seguía cayendo por la ventana y unas gotas tímidas entraban por el pequeño espacio que la goma gastada dejaba ver, y yo seguí sin entender el porqué de la cuestión.
No me aguanté lo Emo del momento y comencé a hacer el clásico video clip imaginario: puse lo típico para estos momentos, me puse la capucha del gorro y apoyé mi frente en el vidrio rayado del bus. Era el momento ideal para sentir pena, veía cómo el universo seguía mi video clip cuando aparecieron esos chicos, él le besaba la frente a ella y tiernamente la tomaba por la cintura, como yo solía hacerlo con mi novia.
Íbamos a casarnos, teníamos todo planeado... bueno, yo lo había planeado todo. Miraba de reojo mi mochila y el bulto del bolsillo delantero, esa cajita cuadrada ya no tenía más valor que cualquier otra, con cualquier otro anillo dentro. Justamente ayer había sido mi cumpleaños y lo pasamos de maravilla, ella sonreía y todo era especial entre nosotros. ¡Santo Cielo! sí que había tenido suerte, después de todo, una chica como ella no solía fijarse en chicos como yo.
Anna era atenta y servicial, sonreía constantemente y tenía un gusto extraño por los dulces, gusto que aunque no compartíamos, sabíamos mezclar con mi salado paladar. Nos conocimos en una librería, ella buscaba el famoso Harry Potter, tiempo después me vine a enterar que jamás lo había leído, empezamos juntos porque era uno de mis favoritos. Como cualquier otro día, yo había entrado a la librería a ver cómo iba todo en mi día de descanso; solían pasar las anécdotas más locas cuando Karen estaba en la tienda, rara vez eran anécdotas buenas si debo aclarar; conversé un momento con Luis, el chico nuevo que llevaba un par de días trabajando, y mientras reíamos, entró ella: Anna. Con su bufanda turquesa y su chaqueta blanca resaltaba en la tienda llena de grises y cafés de invierno. La miré detenidamente y reconocí el típico paseo de no saber dónde buscar entre tantos libros aguardando salir, miré rápidamente a Luis y le hice señas para que fuera a atenderla, cómo deseaba haber estado de turno ese día para hablar con ella sin ningún miedo, pero la ansiedad me comía y no pude evitar hacerme pasar por un cliente más. Cuando semanas más tarde ella se enteró que la tienda era mía no podía evitar mirarme entrecerrando los ojos y repitiendo un sordo “me engañaste”. Ese día en la tienda sabía que no debía perderla de vista. Me confesó que estaba recién adquiriendo el gusto por los libros y le parecían fascinantes los tesoros que ya había encontrado; había navegado entre las olas de ‘Mil leguas de viaje submarino’ y se había perdido en la chocolatería de Willy Wonka, acompañó al León durante los 7 libros de ‘Las crónicas de Narnia’ y se había roto su corazón con el diálogo de Mr. Darcy en el mundo romántico de Jane Austen. Sus ojos reflejaban la chispa que encendía todo ese motor de lectura, su mirada era espectacular, creo que de eso me encanté en esos escasos dos minutos que hablamos entre pasillos.
El bus frenó bruscamente y mi video clip se vio interrumpido por el griterío de unas mujeres en la calle, la gente de delante del bus corría sin parar y no podía entender la situación tras la música rompecorazones que había puesto para vivir mis penas. Retiré mis audífonos y escuché pequeñas explosiones y mucha gente llorando, todos corrían frenéticos y yo aún en el limbo. Una mujer entrada en edad gritó un ahogado “Consigan ayuda” antes de romper a llorar. ¿Qué era todo este alboroto? Pensé entre dudas y temor. Me apuré a acercarme a la ventana frontal del bus pero los intentos eran nulos por las llamas que se elevaban sin avisar. De una película desgarradora digna de un Nicholas Sparks, había pasado al más temible escenario de cualquier Destino Final. Mis revoluciones habían aumentado más rápido que cuando estuvimos con Anna en un terremoto en India, todo se derrumbaba pero para nosotros no era algo desconocido, crecimos con sismos y nada menor a 7 grados nos preocupaba demasiado. Ella se reía suavemente mientras veía a la gente correr despavorida por un ‘grado 5’. Ella decía que con suerte la gente sobreviviría a un ‘grado 8’, decía que un ataque al corazón se los iba a llevar antes de poder salir arrancando.
Intenté aliviar la situación y calmarme para encontrar la manera de romper la ventana del bus que ya se completaba con llamaradas más altas que una casa de dos pisos. Tomé el martillo ‘en caso de emergencia’ y no sirvió para nada, era peor que un juguete chino; sin embargo, y para suerte mía, eventualmente la ventana con su goma gastada cedieron ante la presión que las personas de afuera ejercían y calló frente a mis pies, dejando libre la ventana para que las 3 personas y yo pudiéramos escapar al monstruo que casi nos comía rostizados. Ya en tierra mis revoluciones se calmaron un poco y logré mirar a mi alrededor en busca de pistas que me revelaran qué había sucedido: un par de personas quemadas, un camión impactó al bus de frente, dos choferes muertos, una avenida completa envuelta en llamas y mucha, muchísima gente sin entender qué había pasado en esos eternos 15 minutos.
Bajó un libro del estante y me miró risueña, era ‘La piedra Filosofal’ y me invitó a leerlo juntos, no podía negarme a tan aventurera invitación: serían siete libros de emociones e intrigas, siete entregas en los que podríamos entrelazar nuestros corazones a medida que crecía su amor por el mundo en palabras. Pero solo llegamos a la mitad del primero cuando me dijo que estaba cansada de todo, cansada de mí y de mis ganas de seguir con un mundo de fantasía que, según ella, eran más importantes para mí. Lo que aún ella no entendía era que lo que más me gustaba de los personajes era la manera en que podía reflejarlos en ella. Las características que más amaba en un personaje estaban en Anna, y eso la hacía más especial que cualquier personaje de mis sueños, o cualquier personaje de mis más preciados libros. Anna, sin entender a razones, salió furiosa de la casa; era nuestra primera gran pelea y había sido terrible. Por supuesto que no lo entendía, de un momento de plena paz y tranquilidad, pasamos a sobre exaltarnos hasta odiarnos. Solo podía esperar que se calmara y calmarme yo mismo.
Pasaron varios días en los que me costaba concentrarme, era difícil leer las historias que sabía hasta de memoria. Me daba vueltas el episodio que habíamos vivido con Anna y quería arreglar las cosas. Volví a su casa una mañana más fría de lo normal para encontrarla de rodillas en la puerta, con ojos hinchados, labios partidos y la nariz enrojecida. Solo pude abrazarla, ella y su hermosa sonrisa, me dijo que no sabía qué había pasado y que no entendía qué era lo que la había hecho enojar, pero que estaba apenada y quería recomponer esto que teníamos, que era precioso. La sostuve por la cintura y ella agarraba mi nuca, nos acercamos con ternura y, entre lágrimas, nos besamos.

La adrenalina del momento no me había dejado percatar que todo mi brazo derecho estaba ardiendo, me había quemado mientras intentaba abrir la ventana del bus, ahora era un dolor intenso que no me dejaba hacer más que gritar del dolor. La enfermera que estaba ayudando a los heridos me escuchó a lo lejos y decidió acercarse para aliviar un poco el ardor. “Necesito cortar su camisa” me dijo, tenía un acento extranjero, como si viniera del pueblo de al lado, justo al que me dirigía. “No se mueva, necesito cortar su camisa para que no se le pegue” volvió a decir, pero mis reflejos eran más fuertes que mi voluntad de permanecer quieto. Hizo un gran trabajo para sacar todos los trozos de tela que quedaban cerca de mis heridas, me aplicó un tipo de crema que disminuía el ardor y sanaba quemaduras; mientras me la aplicaba, aproveché de ver sus ojos: profundos ojos café que revelaban dolor. Eran semejantes a una pintura que yo ya había visto. Sus facciones eran preciosas y sus labios tenían una forma muy peculiar. Me preguntó si recordaba mi nombre y asentí. “¿Quieres decirme cuál es?” preguntó tímida. Soy Frank, respondí, pero eso ya lo sabías. Claro que lo sabía, necesitaba salir del shock para darme cuenta frente a quién estaba. Debí haber parecido un loco, frente a la mujer que amo y sin reconocerla. “¿Qué haces aquí?” le pregunté con ansias. Pero no, ella no quería volver a la misma dinámica que habíamos estado repitiendo por las últimas semanas, ella merecía mucho más, pero yo aún quería sentir eso que me hacía feliz. Quizá ya se había dado cuenta de mi problema, quizá siempre lo supo, pero esa tarde era una tarde que no quería explicar, ya habrá tiempo para eso un poco más adelante, lo importante ahora es concentrarse en los hechos, en el choque y en qué había pasado en realidad.

2 comentarios:

  1. Me encanta,:)
    Realmente te admiro Bárbara,pero espero continuar leyendo más sobre esta historia=)!
    Fan N°1

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    1. Gracias (:
      En realidad ya tiene continuación :D
      http://apurplething.blogspot.cl/2016/07/rechazo-aceptado-fregoli-2.html

      Gracias por tu buena onda :v

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