Desde hace días que quiero escribirte, retratarte en palabras de la misma manera en que te apareces sin descanso en mis sueños. Quiero contarte cómo es que invades mis pensamientos y te apoderas de todo el esfuerzo que he hecho en borrarte de todo.
Ahí te paras frente a mi, con tu sonrisa tonta, extendiéndome la mano para acompañarte a pasear. Me dices que sólo daremos una vuelta, y todas las otras vueltas vienen a mi mente. Esas vueltas en las que llevábamos pizza en las manos, las vueltas por fuera del colegio, las vueltas por tu casa, las vueltas por la mía. Vienen a mi memoria todas esas ocasiones en las que estudiamos juntos, compartimos juntos, comimos juntos y nos reíamos de nuestra complicidad. Ya no me cuesta pensar en todas esas veces que todo estaba mal, pero llegabas a iluminar mi mente, para hacerla más tranquila y serena.
No va a pasar mucho tiempo antes que el recuerdo vivo del contacto de tu piel con la mía vuelva a encender mis sentidos, y en ese momento, recién en ese momento, sabré que ya es muy tarde, porque habré caído nuevamente.
Mi único consuelo es que, a pesar de cualquier sentimiento que puede hacer crecer, tu acto vuelve a ser el mismo de siempre; aparentas tranquilidad, cuando en verdad, solo tienes una tormenta entre manos y viene la misma rutina a destrozarme las ilusiones y atormentas mis recuerdos, para hacerme entender que esa no soy yo... otra vez.
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