jueves, 5 de marzo de 2020

Am/Pm - Capítulo 1

Paola descubre sus poderes

Para Paola, las mañanas de cumpleaños cambiaron rotundamente desde que su hermano había desaparecido. Los días de soplar velas a la hora precisa de su nacimiento y abrir regalos en la cocina en compañía de su hermano se habían acabado. Ya no habían regalos por separado ni habían velas que soplar a las 11:53, y sola no apagaría las velas a las 12:07. Los últimos 5 cumpleaños habían sido exactamente iguales para ella; levantarse, tomar el mismo desayuno de cada día, cantar el cumpleaños feliz en su mente y luego salir a estudiar y trabajar. La vida había continuado forzosamente tras unos meses de dolor, aún había que pagar cuentas y todavía era necesario graduarse de la universidad.
- Otra vez olvidas tu bolso Pao - le recordó su papá desde el comedor.
- No lo olvidé - Mintió Paola, mientras volteaba a buscarla - Tú me la escondiste - Le dijo a su papá con una pequeña sonrisa burlona. Ahora, las bromas de su padre habían disminuído considerablemente, era difícil hacer reír al resto cuando alguien se había perdido, especialmente cuando ese alguien era tu otra mitad.
- Tengo algo para ti hija, es un presente que llevo meses guardando - Sonrió con dificultad su padre, esperando causar algún tipo de emoción en su hija.
- Gracias papá, déjalo en mi habitación y lo abro en la tarde cuando vuelva, te amo papá.
Salió rápidamente de la casa, pero nada parecía estar bien, una sensación le molestaba en el pecho, como si algo hubiese olvidado. Caminó directo por la calle de siempre, pero la sensación le molestaba sobremanera. Tras pensarlo un par de minutos, decidió devolverse a su casa. No bien abrió la puerta, se encontró a su papá llorando en el pasillo. Con ambas manos en la cara, sollozaba con fuerza, como si quisiera sacarse toda la pena de un solo llanto.
- ¿Qué pasa papá? - Se preocupó ella, corrió para abrazar a su padre, pero él no se lo permitió.
- Vete hija, no quería que me vieras así, solo que no pude contenerme - Dijo con ojos llenos de lágrimas.
- ¿Es por mamá? Yo también la extraño - Susurró Pao - Pero no hay mucho que podamos hacer, está así desde lo de Alejandro.
- Si tan solo pudiera abrazarla una vez más - Vaciló antes de continuar - no tendría este peso en mis hombros.
- Papá, las cosas mejorarán, sé que lo harán, solo debemos ser pacientes. - Paola decía a su padre, aunque lo hacía principalmente para darse consuelo a ella misma, y si eso ayudaba a consolar a su abrumado padre, entonces valía la pena.  - Ahora me tengo que ir, pero antes, abramos mi regalo de cumpleaños juntos, ¿Qué te parece?
Su padre abrió sus ojos con un destello de felicidad que hace años Paola no veía en él. Se abrazaron una última vez y se dirigieron a su habitación en el segundo piso. Paola abrió la puerta de su habitación y el destello de la luz del sol iluminó la cama vacía de Alejandro. Sus cosas habían permanecido intactas por si en algún momento volvía a aparecer; sin embargo, esto drenaba el ánimo de Paola cada vez más. Bajó la cabeza para esconder su amargura, pero su padre fue rápido en notarlo, porque él había hecho lo mismo un segundo antes. Abrazó a su hija y le besó la frente.
- Ya deberíamos sacar todo de aquí, así tendrás más espacio - Dijo él, esperando que su hija se sintiera igual.
- No lo sé, papá, ¿Y si vuelve? - Dijo Pao, pero ni ella creía lo que estaba diciendo.
Avanzaron hasta el final de la habitación y el papá tomó la caja para dársela a su hija. Sin quitarle los ojos de encima al regalo, se lo acercó para que Paola pudiera tomarlo con ambas manos. La chica se dio cuenta de los detalles y el esfuerzo que había hecho su padre en adornar el papel de diario con stickers de su caricatura favorita, hace años que no veía esa serie, pero sin duda le hacía sonreír incluso de tan solo recordarla. Se notaba que las calcomanías eran atiguas, porque los brodes habían dejado de ser blancos y se habían tornado un tanto amarillas. Además, las había pegado con cinta adhesiva en vez de solo pegarlas con el pegamento incorporado. Después, observó con cuidado cada una de las marcas que su padre había hecho con el viejo marcador rojo, corazones, estrellas y sonrisas se veían en cada cara de la caja. Pao se emocionó hasta las lágrimas de notar el cuidadoso esfuerzo que su Padre había invertido en su regalo, sus ojos vidriosos se abrían de asombro y su corazón latía fuerte. Abrazó con amor a su papá, un abrazo como el que no se habían dado en años, y le susurró al oído:
- Eres el mejor papá del mundo, no sé qué habría sido de mi sin ti durante todo esto.
Su padre sujetó con fuerza el regalo mientras abrazaba a su hija con solamente un brazo. Animado, le dijo a Paola que por fin abriera su regalo de cumpleaños, a lo que la chica accedió. Antes de tocar la caja vio su reloj y sonrió al darse cuenta que eran las 12:07, y dijo a su padre:
- Quién diría que, 5 años después, una parte de la tradición volvería a ser parte de mi cumpleaños. - Sonrió mientras su padre terminaba de cantar el cumpleaños feliz y hacía como que tenía una vela en su dedo. Paola sopló la llama imaginaria y se acercó a tomar su regalo.
En el momento en que su piel entró en contacto con la caja, sintió un cosquilleo en la nuca, una picazón en la planta de sus pies y su corazón bombeando sangre más rápido. En cuestión de segundos había entrado en una especie de vórtice de muchos colores para salir arrojada en calles que no conocía.
Asustada, intentó preguntarle a las personas que caminaban cerca de ella en qué lugar estaba, pero todos la miraban con caras confundidas. Paola estaba mareada y con ganas de vomitar, sentía que en cualquier momento se desmayaría, pero enfocó su visión a los carteles que le rodeaban. "Ne plie pas" y "Musée à 5 km" fue lo único que pudo divisar a la distancia. Su rostro palideció y supo de inmediato que estaba en algún lugar de Francia, sin manera de comunicarse con su padre y sin manera de volver a casa. 

martes, 28 de mayo de 2019

Am / Pm

Los mellizos Montenegro despertaron con mucha energía, sabían que en este día especial verían a su abuela después de muchos meses. Su madre les alegraba el corazón diciéndoles lo hermoso que sería su desayuno desde hace semanas, pero ellos estaban más emocionados por los regalos que su abuela les traía. Alejandro se encogió de hombros al ver a su hermana, siempre él sería el hermano mayor, y aunque ella lo detestara, sabía que el primer regalo siempre se lo entregaban a él. La mañana de cumpleaños tenía su propia tradición, desayunan con su familia, Alejandro abre sus regalos primero por ser el primero de los mellizos en nacer, luego soplan las velas de su torta a las 11:53, esperan unos cuantos minutos y a las 12:07 soplan las velas de Paola, ella fue la segunda; finalmente, la chica abre sus regalos y luego juntos van a la escuela (casi siempre, cuando es un fin de semana se van juntos a ver alguna película con su tío).
- No tienes idea Paola, mamá me trajo un regalo gigante, estoy muy nervioso - Dijo Alejandro, casi en un susurro, mientras su hermana lo miraba incrédula. 
- No creo que sea una gran cosa, ¿Recuerdas cuando cumpliste 9 y papá envolvió una caja gigante y solo era un par de calcetines? - se mofó. 
Con ojos avergonzados, Alejandro le lanzó una mirada para que ella se sintiera culpable - Ya me contaron que fuiste tú la de la idea, y quisiera olvidarlo, fue la mayor decepción de mi vida
- ... hasta ahora - rió Paola una vez más
- Ay, no empieces, la última vez que dijiste eso, me cayeron 3 grillos en la cabeza.
Ambos caminaron riendo por el pasillo que les llevaba a la cocina; aún en pijama, se asomaron por la entrada para no revivir sustos del pasado y entraron cuando supieron que estaba todo despejado.
La cocina olía a huevos recién hechos, pan recién tostado y la torta que su madre les había preparado: Chocolate en el relleno, bizcocho de vainilla y merengue en la cubierta. Su padre entró en la cocina tras ellos cargando dos botellas de jugo, naranja y piña, sus favoritos. 
- ¡Ahí están mis cumpleañeros! - Dijo el hombre con sonrisas en el rostro, se acercó a ellos y les dió un fuerte abrazo a cada uno. 
- No tan fuerte papá, aún tengo que ir a la escuela hoy - Intentó decir Alejandro, pero sonó más como balbuceos inaudibles. 
Se sentaron alrededor de la mesa para compartir el pan que les había abierto el apetito cuando escucharon la puerta abrirse de golpe ante la llegada de la abuela. Los ojos de los chicos se abrieron de par en par, dejaron toda la comida en la mesa y corrieron a recibirla. Ella sonreía en la puerta esperando que sus nietos lograran abrazarla detrás de las maletas que llevaba en cada brazo.
- ¡Nunca había sido tan difícil traerles estos regalos! Ahora que cumplen 17 dejaron de ser niños, y ya no sé qué tipo de cosas les gustan, así que traje de todo. 
- Pero abuela, ¡no tenías que molestarte! - Exclamó Paola, con una sonrisa fingida en el rostro que Alejandro reconoció en su propia cara. 
- Es lo menos que puedo hacer, los veo dos veces al año, debemos hacer que estos encuentros sean significativos. 
- Entren todos - Dijo su padre, confiado que ellos no lo harían por los siguientes 10 minutos - Ya casi van a ser las 11 de la mañana. 
Después de besos y abrazos, la mamá de los mellizos al fin había logrado tenerlos a todos reunidos en la mesa de la cocina para finalmente contarles las buenas noticias. 
- Cariño - Dijo Marta - Dile a nuestros hijos la estupenda noticia. 
- Excelente niños - Comenzó el padre - Ya saben lo difícil que ha estado el trabajo, y saben lo duro que ha trabajado papá por esto, pero después de pedirlo y trabajar duro, al fin me ascendieron a supervisor. 
Los niños estaban anonadados, saltaron de alegría para abrazar a su papá, su mamá se unió al festejo y la abuela no pudo resistir ante tanta algarabía y comenzó a mover sus brazos en el aire. Un ascenso es lo que la familia necesitaba hace más de un año, cuando las cuentas comenzaron a aumentar y los fondos comenzaron a escasear. La familia había salido adelante casi con lo justo durante mucho tiempo, y el señor Montenegro había trabajado incansablemente por ser elegible para el nuevo puesto de trabajo. 
Con los ojos llenos de lágrimas, Marta los reunió para una foto familiar antes de abrir el primer regalo de Alejandro. Inmortalizaron el momento con la vieja cámara fotográfica y se prometieron enmarcar la foto antes de Diciembre. 
- Hijos, no saben lo feliz que me hace tenerlos - Dijo su madre, aún con algunas lágrimas corriéndole por las mejillas - Ustedes han sido dos luceros en mis momentos más oscuros. 
- Pero mamá, no me hagas llorar - Dijo Alejandro - Aún tengo que abrir mis regalos, y no quiero estar llorando en cada foto. 
- Eres mi hijo y es mi deber como madre avergonzarte en cada foto familiar. - Asintió burlesca su madre - Así tendré material suficiente para cuando tengas una noviecita.
Tras un par de fotos, la abuela se acercó con el par de regalos que tenía para su nieto mayor, los dejó en la mesa junto a los regalos que tenían los padres y se sentó frente al muchacho. 
- Ahora hijo - Lo animó  el Señor Montenegro - es tu momento de abrir tus regalos - Mientras sujetaba la cámara frente a su cara, listo para capturar el momento de sorpresa exacto en el que vería la consola de juegos que estaba por abrir. 
Alejandro revisó con su mirada cada uno de los regalos y decidió tomar la caja más grande que estaba en el centro, la consola de videojuegos. Se acercó con emoción, pero al momento de entrar en contacto con la caja, el joven se desvaneció como si nunca hubiera existido en la habitación. 

lunes, 27 de mayo de 2019

Clavado en mi Mente

Desde hace días que quiero escribirte, retratarte en palabras de la misma manera en que te apareces sin descanso en mis sueños. Quiero contarte cómo es que invades mis pensamientos y te apoderas de todo el esfuerzo que he hecho en borrarte de todo.
Ahí te paras frente a mi, con tu sonrisa tonta, extendiéndome la mano para acompañarte a pasear. Me dices que sólo daremos una vuelta, y todas las otras vueltas vienen a mi mente. Esas vueltas en las que llevábamos pizza en las manos, las vueltas por fuera del colegio, las vueltas por tu casa, las vueltas por la mía. Vienen a mi memoria todas esas ocasiones en las que estudiamos juntos, compartimos juntos, comimos juntos y nos reíamos de nuestra complicidad. Ya no me cuesta pensar en todas esas veces que todo estaba mal, pero llegabas a iluminar mi mente, para hacerla más tranquila y serena.
No va a pasar mucho tiempo antes que el recuerdo vivo del contacto de tu piel con la mía vuelva a encender mis sentidos, y en ese momento, recién en ese momento, sabré que ya es muy tarde, porque habré caído nuevamente.
Mi único consuelo es que, a pesar de cualquier sentimiento que puede hacer crecer, tu acto vuelve a ser el mismo de siempre; aparentas tranquilidad, cuando en verdad, solo tienes una tormenta entre manos y viene la misma rutina a destrozarme las ilusiones y atormentas mis recuerdos, para hacerme entender que esa no soy yo... otra vez.

miércoles, 20 de febrero de 2019

¿Están sordos?

Anoche soñé otra vez, de esos sueños que no entiendo hasta el final, precisamente porque el final explica los detalles que me había perdido antes. 
Estaba sentada en un columpio que colgaba de la rama más gruesa de un árbol. El clima era agradable, con brisa fresca y el sol iluminando el lugar. Mi vestido era celeste, largo hasta los tobillos, pero estaba descalza, supongo que para sentir lo agradable del pasto entre mis pies. Mi cabello suelto lleno de rizos se movía con total naturalidad según el viento le indicara, no llevaba maquillaje y me sentía libre. 
Luego comenzó a soñar un vals muy lindo, me bajaba del columpio y veía llegar a un joven; él tomaba mi mano y comenzábamos a bailar al compás del vals. Nuestros movimientos eran como de dos personas que han bailado mil sonatas juntos, pero luego de un breve instante, me soltaba de golpe, casi dejándome caer. “Se acabó la música” decía, pero el vals aún se escuchaba fuerte; se iba de inmediato, sin explicar nada. Terminaba de escuchar la melodía sola, sentada en el pasto, la mejor parte estaba al final de la canción; ¿Están sordos? Me preguntaba, pero no lograba comprender. 
Me ponía de pie y volvía a columpiarme hasta que otro vals comenzaba, y otro joven llegaba. Me animaba ver que venía mejor vestido y parecía estar mejor preparado para el baile. Me tomaba con aún más gentileza que el primero, pero antes de llegar a la mitad de la canción, me dejaba sola y se retiraba diciendo que la canción ya había acabado. “¡Aún la escucho con fuerza!” Repetía yo, pero nada hacía cambiar su parecer. Se iba rápidamente y me terminaba la melodía sola nuevamente. 
Pasó varias veces, todos los jóvenes distintos, preparados de manera singular. Todos lucían relucientes, como listos para por fin acabar de bailar, pero todos se iban muy rápido, sin dejar que la canción llegara a su fin, ¿acaso están todos sordos? 
Mil colores explotaban en el paisaje cada vez que uno llegaba y se iba, los morados, verdes y rosa pastel se hacían presentes, el amarillo vivo relucía en el semblante de uno de ellos que me llamó especial atención, pero que, sin falta, cumplió con el cometido de cada varón. 
Pasaron tardes hermosas de bailes que no concluían, hasta que llegué a pensar que estaba loca por creer que la melodía seguía, cuando “claramente” terminaba a media canción. Comencé a hacerme la sorda tras el primer coro, así no dolía tanto que se fueran, porque “ya había terminado la canción”. 
Si eran sordos o no, jamás lo supe. Con franqueza, ya estaba cansada de bailar vals, ya el ritmo me tenía abrumada. 
Una tarde diferente se acercó un muchacho, sin explosión de colores y sin música. Me extendió la mano para invitarme a bailar una pieza. “Es la mejor balada que conozco” me dijo para convencerme, y me puse de pie. El pasto estaba húmedo, y él también lo sentía, porque también estaba descalzo. ¿Puedes oírla? Preguntó mientras me miraba, pero yo no podía oír nada. ¿Siempre bailas sin música? Y se largó a reír, su sonrisa me contagió y reímos juntos, hasta que finalmente comprendí que esa era su música, la que llenaba mi alma y alegraba mi ser. “No importa si hay música o no, lo importante es que sepamos ir al mismo ritmo, incluso en nuestros momentos acapella”. Y bailamos, bailamos hasta que ambos logramos escuchar la misma música que provenía del fondo de nuestro ser, que combinados, hacíamos una armonía perfecta.