domingo, 20 de diciembre de 2015

25 y un milagro - 8

La noche que pasé fue un poco complicada, no había posición que fuera cómoda ni agradable para dormir; pero no era algo que me preocupara verdaderamente, ya había dormido por un año y quería saber de qué más me había perdido en todo ese tiempo. Carol vino a visitarme temprano en la mañana, se había recortado el cabello y Lucas se había dejado la barba. Entraron alegres a abrazarme; Carol, con cautela propia de una madre primeriza, me acercó a Antonio, su nene de 2 meses. Ella estaba radiante, con esbozos de agotamiento característicos de largas noches sin dormir. “Lucas estuvo muy preocupado por ti, Miguel” exclamó Carol con tono de burla, Lucas a su vez se excusaba diciendo que solo le preocupaba que alguien tan cercano de su esposa le pasara algo malo. Las asperezas entre nosotros iban quedando atrás finalmente. Antonio era un bebé muy especial, sus ojos eran igualitos a los de su padre, con la preciosa nariz de ella; lo tomé en mis brazos y su olor a bebé me llenó el alma, era una criatura tan maravillosa, no podía creer lo afortunado que era de poder cargarlo. Lucas se veía como un padre orgulloso de su muchachito, no dejaban de hablar de las estrategias que ponían en práctica para criar bien a su niñito y de los documentales de TV que Carol disfrutaba por las tardes. Toda la conversación parecía tan amena que pude olvidar por unos instantes mi dolor, estaba distraído con Antonio y sus sonrisas de recién nacido, estuve tan pendiente de las historias de ellos que casi me aprendo su vida de memoria. Era una tarde agradable, sin embargo sentía que necesitaba algo más.
Luego de un silencio corto que ambos hicieron mientras me acomodaba en la camilla, solté sin vacilar “Lucas, gracias por ayudarme esa noche, supe que fuiste a buscar a Bianca también para llevarla lejos de Raúl, no sabes lo agradecido que estoy contigo”. Bajó la mirada y con una leve sonrisa confesó que en una parte de su corazón, esa noche, él esperaba que ya hubiese muerto desangrado, pero cuando vio la expresión de tristeza de Carol y su crítico estado, no pudo más que retractarse de todos sus sentimientos, corrió por las calles buscando la manera de salvar a este pobre simplón para que su esposa estuviera bien; cuando entré en coma, continuó contándome, la culpa le comía la conciencia y oraba por mi mejora. “Eso te hace aún más valioso para mí, Lucas” agradecí con amabilidad. Con un fuerte abrazo despedí a Lucas y Carol, prometieron venir tan a menudo como les fuera posible, se despidieron y voltearon. Mientras salían, cerré los ojos para procesar esta nueva información en mi mente, mis ojos se mantenían rígidos hasta que oí su risa en el pasillo. Bianca al fin había llegado otra vez.

“¿Estás cómodo?” inquirió ella, “Feliz cumpleaños y un día” respondí nervioso, no me sentía así por verla desde cuando estábamos en la escuela. “Esa no fue mi pregunta, pero gracias”, su sonrisa era perfecta; como de costumbre, ella cantaba para subirme el ánimo, tarareaba mis melodías favoritas y cambiaba a sus canciones predilectas. En su repertorio siempre estaba nuestra canción, esa que escuchábamos y nos transportábamos a épocas más tranquilas, como cuando ella pasó un verano en el campo conmigo y mi familia; recuerdo haberla querido besar un par de veces, pero el nerviosismo juvenil me impidieron concretarlos. Ella acomodó las persianas y cerró la ventana porque el frio empezaba a entrar por las orillas. “Hace tiempo que no sentía este frío” resopló ella, arreglándose su chaleco de lana. “Tampoco yo” agregué burlonamente, ella se sentó en la silla gris del costado de mi camilla y me dijo con voz suave: “Miguel, hay tanto que necesitas saber de este tiempo” y su sonrisa cambió a desgano. “¿Quieres contarme?” inquirí sutilmente mientras en mi interior moría por saberlo todo. “Claro que lo haré” me respondió, “Pero el ahora es nuestro” y se paró de la silla para recostarse a mi lado. Me corrí a una orilla de la camilla para permitirle compartir esa plaza y media de colchón, se acurrucó entre mi pecho y mi mentón; olía a lavanda, como solía recordarlo, su cabello estaba suave al contacto y su calor abrigaba mi costado. La abracé con delicadeza y besé su frente. Ella mantenía sus ojos cerrados y una sonrisa en su rostro. “Tanto tiempo esperé para esto” balbuceó con ternura. “También yo” dejé escapar, “también yo”. Estuvimos así por poco más de 15 minutos que fueron el paraíso para mí. No había dolor, ni tiempo, ni interrupciones; solo ella y yo, juntos. Corrí el cabello de su cara y acaricié su mejilla, ella estaba por quedarse dormida y yo no podía más que observarla. Su suave piel y sus pestañas encrespadas no podían ocultar su cansancio, ahora estaba al fin tranquila después de su ‘año de angustia’ como había mencionado el otro día. Besé nuevamente su frente, y esbozó una sonrisa con una orilla de sus labios, su mente luchaba por mantenerse atenta a mis movimientos, pero su cuerpo no le permitía tal deseo. Besé su mejilla mientras con mi mano masajeaba su cabellera, ella abrió sus ojos suavemente y con aire de impaciencia exigió: “Estuve esperando mucho tiempo como para que me hagas esperar más”, y coquetamente movió sus cejas dándome el pie a concretar lo que estaba tramando. Y la besé, y todo volvió a tener sentido, como esa primera vez hace más de un año, cuando nuestras dudas eran más sencillas. La besé y su suave toque a fresas me embriagó el alma, la besé y no quería dejar de hacerlo. Podía sentirme como uno a su lado, respirábamos el mismo aire, sentíamos lo mismo en ese precioso instante. Era como magia de las que te atrapan porque el mago es muy hábil con las manos, te embobas con el truco y el resultado es mejor del que esperabas; así fue con Bianca, nunca un beso había sido tan maravilloso en mi vida. Ella era mía y yo completamente suyo. Volvió a acurrucarse en mi pecho y susurró con ternura “Creo que me enamoré de ti, idiota” y sonrió sin más. Esa tarde fue mágica. 

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25 y un milagro - 7

Abrí mis ojos y Bianca estaba frente a mí con una sonrisa tan hermosa que casi parecía un sueño. El aroma de la habitación era exquisito, podía transportarme al campo donde pasé vacaciones cuando niño, mi vida era pura felicidad en esos años, miré mis brazos y agujas perforaban mis manos, levanté la vista y Bianca seguía mirándome atónita; sus ojos delataban lágrimas previas y emoción del momento, no se veía cansada y tenía una extraña apariencia más adulta. Su cabello rizado me recordaba las tardes que pasábamos en el Restó los miércoles mientras ella vivía con Raúl; recordé lo importante que debía decirle de Nicol y su hijo pero al intentar hablar mi garganta carraspeó. “Tranquilo” me dijo “no has hablado en mucho tiempo, ten cuidado con tus movimientos”. Me ayudó a sentarme y comencé a recordar algunas cosas de esa fatídica noche. Carol también había estado ahí, dejó un globo con el típico mensaje de “recupérate pronto” firmado por ella, Lucas y su pequeño Antonio. Miré alrededor de la habitación y con tono burlesco me dijo “Logré que te dieran la 417, pensé que se te haría más cómodo, así tenemos una habitación en común”, intenté sonreír y el poco movimiento me pasó la cuenta. Ella se veía como un ángel, era lo único en lo que podía pensar. Luego de un par de minutos tratando de verme como un humano normal, comencé la ronda de preguntas para saber un poco más por qué estaba en el hospital ese día. Empezamos por lo simple y aunque casi obvio yo no sabía: “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” pero antes de responder, entró la enfermera y un doctor con preocupación en su mirada. El Doctor Muñoz me revisó, tomó la presión y le pidió a Bianca que se retirara por un momento. Ella asintió y me miró: “Solo para que te orientes un poco, mañana cumplo 26 años, esperaré mi regalo” y se alejó cerrando la puerta y dejando la estela de su vestido azul en el pasillo.
Toda esa noche imaginé lo que podría haber sucedido en un año, cómo ha cambiado la vida y lo perdido que estaba. En mi mente todo se detuvo cuando llegué a casa de Bianca y la llamé por la ventana, ella sorprendida salió por el ventanal y vio mi agitación; se apresuró abrirme la puerta de entrada. Exhausto cerré la puerta tras de mí y le dije con palabras muy simples que Raúl había tenido un hijo con Nicol hace unas semanas. Dejó todo en secreto para poder rearmar su vida sin las interrupciones del prejuicio y aparentar ser quien todos creían que era. Fue en ese instante que oí el estallido y sentí la sangre brotarme por el pecho, no era el corazón, pero lo suficiente cerca como para matar a cualquiera. El rostro enfurecido de Raúl tras la ventana del salón y la pistola negra estaban fijamente clavados en mí, Bianca palidecía al solo verme sangrar, agarró su teléfono y marcó con nerviosismo mientras otra de sus manos se embarraba intentando ayudarme. Raúl la tironeó y la mandó lejos, con una sola cachetada la calló y la dejó inconsciente. “Aló?” se oía en el teléfono, y solo pude gritar con todas las fuerzas que me quedaban un ahogado “Auxilio” un par de veces hasta que no pude aguantar ni un segundo más.

Nicol llegó a visitarme al día siguiente, era una agradable vista de ella y su pequeño que ya cumplía un año. Era un niño hermoso, sonriente y bien parecido a su madre, con suerte jamás tendrá que parecerse a su padre. Nicol había oído de mi despertar y, al igual que la mayoría que me conocía, estaba sorprendida. Entró a la habitación y soltó un suspiro de alivio y se apresuró a sentarse cerca de la camilla mientras su hijo se acomodaba entre mis piernas. “Fue todo mi culpa, no debí haberte dicho todo ese mismo día”, explicó, “Supuse que algo andaba mal cuando te llamé esa noche para decirte que no fueras de inmediato a contarle a Bianca porque él sospechaba algo, pero ya era tarde y solo escuché un apagado grito de auxilio. Fue ahí que llamé a la policía y la ambulancia” completó. Al fin el registro quedaba un poco más claro en mi mente. Nicol había llamado a Lucas y Carol para que nos ayudaran, así cuando llegaron a casa de Raúl se llevaron a Bianca a casa de Carol para evitar que Raúl le hiciera daño alguno. Tras varias horas de búsqueda, lograron dar con Raúl en las afueras de la ciudad y lo apresaron al instante. Llegué al hospital con menos de la mitad de la sangre que necesitaba y con una inconciencia evidente. Me llevaron a la sala de emergencias y quitaron la bala de mi pecho. La recuperación tardaría unos cuantos meses, pero un daño en la arteria principal había causado un derrame en mi cerebro durante la operación. Nadie creyó que seguiría con vida después de eso, y el coma se extendió por todo un año hasta ayer que desperté de milagro. No bien pasó una hora cuando el niño de Nicol casi se cae de mi camilla y ella lo atrapó casi de suerte. Decidió que ya era hora de irse y me besó en la frente agradeciendo mi buen ánimo al enterarme de todo esto. “Vendré otra vez durante la semana” se despidió alegre, no todos los días despierta alguien de un coma tan largo. 

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25 y un milagro - 6

Esa misma noche llamé a Carol para pedirle ayuda y consejos, se burló un poco de mí, pero accedió a juntarse conmigo al día siguiente. Charlamos alegremente por un par de horas, el helado se hizo muy poco y el café se enfriaba esperando que nos lo termináramos. Recordamos memorables tardes juntos en la plaza y lo bien que la pasábamos. Carol seguía radiante, con su nuevo bebé en camino su rostro irradiaba felicidad. Lucas había comprado una casa cerca de la playa y estaban decorando la habitación del pequeño Antonio que ya casi llegaba, la idea de una familia era tan agradable, solo quisiera que Bianca también quisiera una familia conmigo. “Nicol me habló de Raúl un par de veces pero lo pintó diferente a cómo es ahora” Carol interrumpió mis pensamientos, “¿Diferente? ¿En qué sentido?” Incurrí sin la amabilidad que había sostenido toda la tarde. “Diferente, más mujeriego y engreído, menos trabajólico y sin ganas de formar una familia, especialmente por eso Nicol lo dejó, él luego dejó de sociabilizar por un largo tiempo, compró su casa en la villa en que vive ahora y no se dejó ver hasta hace casi un año, cuando empezó a salir con Bianca” dijo Carol con tono desinteresado, a ella no le agradaba Raúl y se le notaba en la mirada y cómo se refería a él. ¿Por qué con Bianca? ¿Qué quería lograr? Pasados unos minutos me despedí de Carol cuando Lucas llegó a buscarla, fue un agrado verla y olvidar por unas horas la realidad. Lucas aun me miraba detenidamente con recelo, como si fuera a arrebatarle su pequeño. Lo felicité por su bebé y caminé hasta mi moto, bajo el casco había un papel con número de teléfono y un corto mensaje: “Hay algo que debes saber de Raúl, llámame”. Casi al instante tomé mi teléfono y guardé el número por si perdía el papel.
La curiosidad me aniquilaba, por mucho que habían pasado tres días desde que hablé con Carol, no podía sacarme de la cabeza lo que ella había dicho: “No se dejó ver hasta cuando empezó a salir con Bianca”. Retumbaba en mi cabeza el mensaje en la moto y mi cabeza no hacía más que repasar las pocas conversaciones que alguna vez había sostenido con Raúl: sus movimientos, su necesidad de no dejarse llevar por los demás y su constante alejamiento para hablar por celular: era doctor, tenía muchas llamadas de seguro, pero ningún doctor que conociera habría mirado con expresiones tan extrañas como él lo hacía con Bianca y Carol. El tipo parecía muy extraño para mí desde el principio, pero siempre me convencía que eran mis celos nublándome la vista, después de todo, Raúl era un tipo tímido y de pocas palabras. Sin aguantarlo más llamé al número que previamente había guardado en mi celular y esperé, esperé y esperé. Casi termino la llamada cuando una voz contestó, su voz, más familiar que de costumbre, respondió: “Pensé que no llamarías Miguel, había estado esperando”.
Nos pusimos de acuerdo y nos encontramos con Nicol en el café cerca de mi casa, poco habíamos hablado cuando me dijo inesperadamente: “Sé que amas a Bianca y que ella se va a casar con Raúl, pero hay algo que debemos evitar”, aguardó mi respuesta, pero mi sorpresa no me permitió hablar. “¿Qué sabes del hijo que tuvo hace poco?” me preguntó ella intentando en vano disolver mi sorpresa. “¿Un hijo?” fue todo lo que pude decir, “No sabía que Raúl tuviese un hijo” resoplé con tono exigente, “cuéntame”. Nicol bajó su mirada y con tono endeble soltó unas palabras: “Hace varios meses ya volvió a salir conmigo, hablamos y Raúl quería intentarlo otra vez conmigo, pensé que seguía igual de engreído y le dije que no, aunque no me esperaba lo que me sucedió después”. Casi adivinando lo que seguía le pregunté si el bebé estaba bien. “Por supuesto” me dijo, “Un padre con mucho dinero puede hacer que cualquier madre no revele nada” fue su explicación. Hablamos en cuanto al pequeño y cómo había sido su recuperación post parto. Su rostro decaído evidenciaba las noches en vela que había tenido que pasar y la tortura que significaba no decirle nada a nadie, ni a sus propios padres. “Es casi un alivio Miguel, no sabes lo difícil que ha sido para mí” dijo finalmente con un esbozo de sonrisa; “gracias por confiar en mi” respondí, no estaba seguro si la nueva información era buena o mala para mí, pero de seguro Bianca debía saberlo.

Marqué su número y ella respondió casi al instante. “Debemos hablar algo muy importante” dejé salir sin cuidado, ella preocupada quiso aplazar nuestro encuentro “Hoy es una noche especial para Raúl y vamos a una cena del hospital, ¿No puedes esperar a mañana?” inquirió. “Mañana puede ser un poco tarde” y colgué mientras me subía a la moto, determinado conduje hacia la Villa de los ricachones y en el camino me topé con la Limusina del Doctor engaños. Mi enojo se dejaba ver a través del casco y salió casi por arte de magia del carro. Me gritó unas cuantas cosas para alejarme pero decidido le respondí “Bianca necesita saber de tu hijo”, me puse el casco y continué en dirección a su casa, a la rapidez que iba, de seguro llegaba antes a ella que el pelmazo ese.  

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25 y un milagro - 5

Desde aquí podía escuchar su risa, no había cosa más agradable en esos instantes, me había acostumbrado a tal grado a su bullicio constante que era casi imposible no extrañarla una vez se había ido. Estaba ahí yo, fuera de la mansión de Raúl esperando que ella se asomara al ventanal. Cada tarde después de almuerzo se juntaba con algunas vecinas a charlar de qué se yo y luego subía a su alcoba, a despejar su mente seguramente. Con precisión apareció como cada tarde de miércoles; su cabello rizado ondeaba al viento y su vestido de flores combinada con sus aretes de mariposa. Llevaba un labial rosa, distinto al que solía ocupar cuando vivía cerca de casa, sin embargo no dejaba de sonreír, por mucho que tuviera que fingir… podía notarlo en sus ojos. Con un pequeño llamado se paralizó y giró en dirección a mí, me sonrió e hizo señas para indicarme que bajaría en un instante. Dejé soltar un suspiro para dar espacio a la emoción de verla otra vez. Nuestros momentos a solas habían disminuido constantemente desde que se vino a vivir con ese hombre.
Cada tarde de miércoles durante los últimos 2 meses hemos quedado con Bianca de juntarnos para tomar un café en el Restó del sector en el que vive. Aún es extraño pasar por ella en mi moto cuando todos manejan carros de lujo y hasta limusinas, la vida es muy diferente en este sector; aún más cuando mi moto es tan tosca que dificulta pasar desapercibidos. Raúl es dueño de una casa modesta comparada con las otras de la villa, de igual manera es ostentosa comparada con aquellas en las que Bianca y yo solíamos vivir de niños. “Es más de lo necesario” decía ella, olvidándose de lo cómoda que podía llegar a vivir en ese lugar. Ante los suntuosos complejos no podía más que sorprenderme y sentirme menor que todo lo que me rodeaba; a veces, hasta la acera era más costosa que cualquier cosa que alguna vez yo había poseído. Bianca me miraba con recelo y no se dejaba sorprender por tan magníficos escaparates.
Llegamos al lugar y nos sentamos en la mesa de siempre, a la ventana porque ella adora sentir el sol del atardecer, ese naranja a las 7 de la tarde que a algunos ‘solo le molesta la vista’ para ella era lo más agradable, “Me hace recordar a casa y las cosas buenas” era su repetitiva razón, ya me la sabía de memoria junto a otras varios ‘tips’ incluyendo su flor favorita y la forma más entretenida según ella de hacer el trabajo arduo, aun así era hermoso escucharle decir esas cosas. Nos trajeron la carta y pedimos lo de siempre, trajeron el café mientras preparaban las tostadas con mermelada que tanto nos gustaban de aquél Restó. Esta era una tarde especial para ambos; para mí era una oportunidad de recordarle que, como ella había dicho antes, los dos meses habían pasado y ya era hora de volver a casa, deudas saldadas la dejaban libre para volver e intentarlo junto a mí; para ella era un día festivo, ni más ni menos que el día en que cumplía 25 años. Su emoción era evidente, estaba entusiasmada por los planes que teníamos para ese memorable 11 de Julio que, sin duda alguna, sería lo mejor de ese mes para ambos. Saqué un pequeño regalo que le había preparado, unos sencillos aretes dentro de una cajita, envueltos a su vez en papel de arroz de lila, su color favorito. Con asombro tomó el regalo y me abrazó, “Raúl no recordaba que mi cumpleaños era hoy, ha trabajado todo el día, gracias por recordarlo” me dijo titubeante; tomó el envoltorio mientras lenta y cuidadosamente lo abría, sin dejar que el papel se rasgara. Al instante se puso sus nuevos pendientes y comenzó a alardear de lo lindos que se veían en ella, me reí a la vez y aproveché la euforia para tomarle la mano y hacerle la pregunta que me había estado atragantando todas estas semanas: “¿Volverás a casa?”.

Pero no respondió, su sonrisa cambió por seriedad y su éxtasis repentinamente se tornó en serenidad de esas que asustan. Me miró con angustia y soltó mi mano, se cubrió el rostro y dejó relucir un anillo del que antes no me había percatado: tenía una sencillez y finura exquisitas, era plateado con una rosa grabada en el frente, me fijé en el dedo que estaba el anillo y mi cara perdió su color. “¿Cuándo fue?” solté sin pensar, evidenciando enojo y celos en mi cara. “hace dos noches me preguntó si quería casarme con él en unos meses más” balbuceó ella. “¿No pudiste si quiera decírmelo?” resoplé con enfado aguardando una explicación coherente, mientras intentaba recordar que era su cumpleaños y merecía una buena tarde. Me calmé y la miré, sus ojos sollozantes revelaban su ternura y la necesidad de protección, en ese instante recordé cuánto la he amado y lo importante que es en mi vida, y lo feliz que quiero que sea. “Quiero ayudarte, ¿Puedo?” recurrí luego de calmarme, ella sorprendida asentía con recelo. Hasta aquí había sido un cumpleaños extrañamente memorable. Vino Carol a mi mente y lo fuerte que ella fue al sobreponerse a la situación y deseé tenerla cerca, quizá era hora de pedirle un par de consejos. 

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