sábado, 10 de noviembre de 2012

Lana, la princesa.

Esta es la historia de una pequeña niña, que con el paso del tiempo se convirtió en una gran mujer.
También es la historia de un pequeño bebé, que de pronto en un hombre se transformó.
Es la historia de un amor, de una risa, de una mirada.
Es la historia de una chica, que cautivada por su mirada, logró convertir su mundo en una fantasía. Todo era feliz, todo era maravilloso.
La historia de un amor, que con pocas palabras se desarrolla, porque él, embobado por su obediencia logró en su rostro dibujar una sonrisa, de esas que pocas veces se ven por amor. La fe que apasiona, mueve personas, la sencillez de su vivir y todo su ser cautiva.
Tal vez ella no lo sepa, pero su cara es hermosa, su cara refleja lo que es, lo que ama, lo que de verdad siente. Probablemente él no lo sepa, quizá si, porque los amores se saben desde siempre, solo que se descubren cuando se sienten.



Esa era ella, Lana, una joven normal. Decidida a convertir su vida en un ejemplo de rectitud, encontró en el camino la flor que le dio aroma a su jardín, y eso es bastante decir, pero ya verán por qué lo digo. Algún pero tiene esta historia, los corazones separados por algo más que sólo la reja de aquel lugar. Un castillo, hermoso y colosal, porque como lo ven, Lana era una princesa.
Su castillo rebosaba en colores, lleno de aromas únicos que hacían de su jardín un lugar espectacular, un lugar especialmente llamativo, adorable. Muchos de los líderes de otras partes del reino venían a deleitarse con el jardín de la princesa. Ella, por su parte, sólo veía como los demás acariciaban sus flores, sin tener ninguna intención de realmente valorar cada una, sino como un conjunto armonioso. Indudablemente ella amaba su jardín de flores, todas eran muy especiales para ella. pero algo lo cambió todo.

Él caminaba por las calles de la ciudad imperial, siempre deseando entrar a ver el tan famoso jardín de la princesa. El suelo en el que caminaba era completamente nuevo, pero seguía teniendo el estilo antiguo, tan amado por los ciudadanos. Cada tarde, especialmente a las 6 de la tarde, él pasaba por enfrente del gran portón. A esa hora, porque cada vez que el portón se abría, pasaba la realeza. Nunca había podido ver a la princesa, pero siempre había sentido algo especial al ver pasar su carruaje.

Estaba cansada, siempre la misma rutina. Siempre las mismas personas sin propósito venían al Palacio, sólo a ver su jardín. Nadie la tomaba en cuenta, nadie más que aquel joven que había visto en la entrada de Palacio. Cada día, durante varios años, lo había visto. Era alto, delgado, un poco serio, pero su sonrisa era especial.. era real. Nada más que eso deseaba aquella dama, una persona que fuera real, real con ella y con lo que quería.

Seis de la tarde, allí estaba él. Dispuesto a una vez más, ver como pasaba el carruaje, ver como pasaban los guardias, esperar verla, saber que no la vería, voltearse e irse. Esta vez, sin embargo, fue diferente. Por fin la vio. Entrando a Palacio, una sonrisa se dibujó en su rostro. Sintió mil mariposas a su alrededor, sintió que el mundo, por un instante, se detenía, permitiendo así alargar el cruce de miradas.

No lo podía creer. Él realmente era lo que Lana esperaba, y más. Sus tiernos ojos contaron la historia de su vida, sin restricción, pero sin contar nada en absoluto. Sintió cosquillas en su espalda, sintió el atardecer en su piel. Sintió su mirada cruzar con la de él. Era el instante perfecto, aun así, solo un instante... nada más era necesario, ya se habían mirado.

De pronto, ya nada tenía importancia en la ciudad. Durante unos días las puertas no volvieron a abrirse. Él, sin embargo, estuvo cada día, de pie frente al portón, con una Fresia en la espalda, esperando ser entregada a la dueña de esa mirada. Aquella criatura con clavículas exquisitamente alineadas, con ojos especialmente redondeados. La Fresia que él llebava, tenía un aroma especial... un conjunto de bailes y canciones, de risas y emociones, todo en una pequeña flor.

Al verse obligada a permanecer encerrada en su habitación, Lana decidió de alguna manera contactar a quien le había robado el corazón ese día. Su padre, el Rey, había tenido unos conflictos con los ciudadanos, estos, enfurecidos, bloquearon las entradas del Palacio. La princesa había estado ya varios días sin comunicación con su mundo exterior, su jardín, sus aromas, sus colores.... su amor.

Un carta recibió al quinto día. Misteriosamente sabía que sería de ella, no había dudas. La abrió lentamente, cuidando el finísimo papel que la envolvía. Al abrirla, un aroma se desprendió, un perfume lo envolvió y lo enamoró aun más de su querida princesa. Nada más que una frase, un simple mensaje, sin embargo, movió y sacudió a Gavin por completo. Con un simple "Te amo, sé paciente, pronto llegará el día" logró disipar cualquier duda.

"Será muy arriesgado tal vez, pero si es real lo que sentí, entonces será suficiente" fue el simple pensar de ella, desterrada de su propio lugar; confinada a su habitación en lo alto del castillo. Sin saber lo que le esperaba, se recostó en su cama, sin poder sacarse al joven de la cabeza.

Cuando escuchó un grito ahogado, su mundo se volcó. Sabía con toda certeza que ella estaba en peligro. Sabía que necesitaba ayuda. El problema era que no sabía nada de nada, ni dónde estaba, no cómo se llamaba, ni cuál era la manera en la cual podría entrar a Palacio.... NADA! ¿Cómo entonces salvaría a su amada?

Patadas y golpes era todo lo que en ese momento Lana podía entregar. Con una bolsa de género en la cabeza y las manos atadas en la espalda, hizo que de pronto su tranquilidad cambiara. Cuánto deseaba haber podido hablar con ese muchacho de cara alargada. Nada podría hacerle retroceder en el tiempo y detener su carruaje, llamar al joven y cambiar su vida para siempre.

Ni cómo ni nada, ya estaba en el interior del lugar, estaba en medio del gran salón de bailes, las ventanas rotas. Alguien había entrado al Palacio, habían saqueado el lugar, habían destruido todo... incluso el famoso jardín de Lana. Gavin vio como cada cuadro de las grandes paredes caían y se destrozaban en mil pedazos, pero sinceramente, no era lo que le preocupaba.

Grita todo lo que quieras, a esta altura, tu tonto padre está en la otra esquina del reino, esperando su fin... pagará por lo que ha hecho. Nada de lo que haga compensará el edicto que firmó. Pobreza en nuestras familias no es una razón para aniquilarnos. Por supuesto, ella no tenía idea. Siempre había sido la hija de papi, siempre era la cara bonita de las estampillas, pero nunca la persona importante que creía ser.

Otro grito lo guió hasta un sótano apartado. Una niñita, cinco años o menos, lloraba devastada por su padre. Gavin, sin saber quien era tal caballero, tomó de la mano a esa chiquita y la guió a un lugar seguro. Cuando de entre unos arbustos escucha una voz dulce y familiar.

Había logrado escapar, había logrado arrancar del mal que la apresaba. No sabía dónde estaba, no sabía qué haría una vez fuera de su claustro, lo que sí sabía era que debía escapar y correr. No logró avanzar tan lejos cuando todo su ser se conmovió, al fin, tras mucha tribulación lo vio.

Era perfecta, simplemente espectacular. Estaba cubierta en tierra, el vestido estaba roto y desgastado, tenía heridas en los brazos, en su rostro... pero a sus ojos, seguía siendo perfecta... cuando se está enamorado, todo es perfecto, aun cuando no lo sea realmente.

La tomó de la mano y la guió fuera de Palacio. Ninguno había dicho una palabra. Cuando dos corazones están juntos, no necesitan hablar para entenderse. Llegaron finalmente a una de las orillas del bosque cercano, donde todo era tranquilidad. Él, acercando su mano a su mejilla, la acercó, sutilmente la besó. Ella, sonrojada y emocionada cedió ante el joven y fue el beso más especial que hayan tenido juntos alguna vez. Una vez terminado el beso, él acercó la flor que le tenía guardada, ya marchita. Lana, un poco triste por lo que hace el tiempo a la maravilla se entristeció, temiendo pasar por lo mismo en su vida... Gavin, advirtiendo en sus ojos cierto temor, giró a la dulce muchacha y le mostró el nuevo jardín, lejos de la vista de todos, lejos del molesto interés externo. Un jardín con su propio aroma, su propia historia, su propia vida.

Nadie recordaba especialmente lo que había sucedido tras ese año de confusión, excepto Katie.
-Mamá, ¿Qué debe hacer una princesa tan pequeña?
-Hija mía, ser princesa incluye defender lo que eres, creer en lo que sientes y nunca temer a lo que propone tu corazón.
-¿Lo dices por papá?
-Amor mio, lo digo por ti, por Gavin y por todo el reino. Ser reina tampoco es algo sencillo
-¿Pero eres feliz?
-Completa y eternamente mi cielo, ve donde papá, ahí viene
-¡Papá!
-¿Así que estabas hablando de mi querida?
-Solo le contaba a Katie como es ser princesa
-¿Le contaste ya el origen de tu jardín?
-Esa historia es interesante, ¿Quieres oírla hija mía?
-¿De qué trata?
-De amor.

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