Que linda era ella. Sus ojos reflejaban la sonrisa más interna que tenía. Esa sonrisa que quizá no estaba en su rostro. Esa que simplemente se dejaba ver cuando una lágrima caía por su enrojecida mejilla.
"Cariño mío, debo decir que eres admirable"
La fuerza con la que tomaba una determinación la hacía surgir de entre la niebla. Es por eso que se ganó la confianza de muchos súbditos. La reina era espectacular en el más amplio sentido de la palabra. Tenía un reino que cuidar y un castillo que organizar, pero siempre dejaba un tiempo para meditar. La muy festejada mandataria no supo qué hacer cuando en su fortaleza irrumpió un valiente caballero. Valiente para el resto, porque para ella era una simple molestia. Un tiempo a solas es lo que su mente le pedía, pero lo que este caballero no entendía, era la angustia que hacía sentir a dicha mujer.
Querida alteza, no puedo más que expresar mi gratitud hacia usted; Posee un vasto ejército como para declarar la guerra a mi pueblo tras noches de interrupciones a su hora de meditación, Tiene reinos aliados que fácilmente desplegarían sus caballeros para apagar la fiesta que he traído por horas; Sin embargo no lo ha hecho, ha estado serena, ¿A qué se debe majestad?
Muchas posibles respuestas abundaban la cabeza de la reina, sin embargo se limitó a recitar el más antiguo de los proverbios de su región: "Cuando a un mono quieres callar, aplausos no le debes dar". Atónito el príncipe se alejó de los parajes de ella, atónito y sin pensamientos.
Pasaron días y semanas, y del príncipe no se volvió a saber. Pasaron meses de intriga que del caballero no se pudo conocer. Cuando la dama entendió finalmente qué era lo que había pasado por su mente se puso de pie y corrió. No sabía a qué lugar correría, tampoco si sus tacones lo permitirían. Lo que sí sabía y con fuerza en su mente repetía era la dicha que imaginó, que al encontrar a su príncipe él regresara, porque su vida de eso dependía, de esa simple mirada, de esa simple mueca, un simple parpadeo, ella en sus ojos.
Nunca pudo encontrar al romeo de su historia de amor. Él se había ido sin ningún destello de volver. Ella calló y volvió a meditar.
Un día volvió a escuchar la tenue voz. "Querida mía, cuánto te he extrañado". Al voltear su sonrisa volvió a brillar el casco de aquel rufián que, sin lujo de detalles, la había conquistado solo por haberla amado.
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