Hoy al fin nos subimos al auto nuevo, espectacular. Más potencia, más rapidez y mucho, mucho más cómodo. Pero en el instante que me subí en el asiento del copiloto me atacaron los recuerdos, las miradas cómplices y las bromas sin sabor.
Y descubrí ahí que te quería más que antes, con un cariño diferente al de esa vez que me fuiste a buscar para comer pizza. Descubrí ahí mismo que te quería más que esa vez que servimos comida y subíamos y bajábamos a buscar más jugos y más platos. Descubrí que ahora te quería de una manera más pura que cuando estábamos tomando helado escondidos de la multitud. Descubrí que lo que sentía por ti no se compara con el sentimiento tan sincero que ahora encontré dentro de mí por ti, uno que sería de capaz de esperarte por el resto de la existencia si fuera necesario, uno que podría viajar millones de kilómetros tan sólo para verte.
Me atacan los recuerdos porque huele a tu perfume, huele a todas esas veces que llegamos a mi casa y no quería bajarme, pero tenía que hacerlo. Me atacan los recuerdos de esas veces que iba ella en ese asiento delantero que me pertenecía a mí por antigüedad, cuando ella no sabía que realmente estaba ahí por un breve momento. Me atacan los recuerdos de maneras que ni yo entiendo, porque eso mismo que renegué tantas veces, hoy lo escribo, y que el mundo se entere, y que saque sus conclusiones, porque la verdad, ya no interesa. Me atacan por la espalda de cuando dijiste que no, y terminaste haciéndolo igual, un febrero helado, y no por el clima. Me ataca la indiferencia de mis labios cuando podrían haberse mezclado en el hechizo de otoño, esa vez envueltos en bachata.
Quiero seguirme subiendo al auto, porque cada vez que estoy ahí, es como estar nuevamente ahí contigo, como si nunca se nos hubiera ido la oportunidad de estar ahí.
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