sábado, 25 de abril de 2015

Electricidad

<<La masa no se crea ni se destruye, solo se transforma>>
Eso es lo que la ciencia me ha explicado y no lo había entendido completamente hasta vivir parte de la energía de la vida. Si, esa energía a la que todos llaman de diferente manera, esa energía que todos anhelan cautivar y desean poseer. Ser dueños de algo nos hace sentir superiores a quien no tiene ese tan preciado elemento.
Pero, ¿qué pasa cuando ese elemento solo se mantiene en vibración cuando se comparte? No veo razón para dejar de hacerlo, otros si. La energía de la que hablo no es más ni menos que aquella buena para fluir de los dedos, de las narices y saltar por los hombros; esta traviesa que se aferra a la nuca y traspasa dedos y tobillos. Esa, que un simple toque decide escaparse para vibrar en otro cuerpo, tocar otras melodías y agitar otras neuronas. Esa, que cuando decide volver vuelve recargada y armonizada con diferentes matices que le dan más energía y más ganas de crecer.
Esa misma astuta que, si no la cuidan muy bien, decide saltar a un tercer cuerpo y volver al segundo, y al tercero, y al segundo, y dejarte fuera de la emoción. Se siente en el cuello, también en los hombros, a veces se junta con sus amigas y las sientes revolotear por las mejillas, tanta fiesta hacen que te las dejan rojas y con un cosquilleo entre los labios, no puedes evitar sonreír. Esas mismas que se coluden y te acarician las rodillas en busca de puntos débiles que siempre encuentran, vuelven a tus manos y tratan de sacudir los nervios y terminan sacudiendo hasta los codos. Deciden alojarse en la mirada, y cuanto menos te das cuenta saltan a quien miras.
Ellas solo se contentan cuando pueden viajar entre dos. Solo se animan cuando se transforman a colores, risas y sensaciones, dicen que así vale la pena vibrar.
Descubrí otra cosa interesante, los tonos rojos del sub conciente las destruyen. En realidad, las transforman a seres extraños, con ganas de solo estallar. De esas energías que explotan y que ya no tienen ganas de bailar. Salen de los dedos y se mantienen en la sien, juegan con las cejas y las bajan otra vez. No pasan por los labios, se alejan de ellos esta vez. Deciden gritar al mundo las injusticias que les lanzaron y cómo no las valoraron. Vuelve a ser una, grande y enojona. Vuelve a sentirse solita y quiere jugar con las demás.
No hay manera de calmarla, hasta que un nuevo eclipse de colores la vuelve a hacer vibrar.

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