Siempre recuerdo tu sonrisa, gentil y tranquila. Apoyabas tu cabeza en mi frente y sencillamente movias tus labios diciéndome algo que nunca escuché.
Toda la noche bailábamos rodeados de la niebla que surge a la medianoche, esa que congela hasta los huesos. No recuerdo haber sentido más frío que en ese momento. Si, ese preciso momento en el que, para detener el tormento del espacio vacío entre nosotros, me besabas. El calor que surge de cada respiración hicieron olvidar la niebla y el tararear; los movimientos de cadera simulando el baile habían desaparecido también, dejándonos gozar de la compañía del otro.
No tardamos mucho en darnos cuenta; el impulso de acercarnos fue más fuerte que el de mantener nuestros roles. Esa actuación que a ninguno nos satisfacía.
No tardamos mucho en sonreír y cruzar nuestros dedos para dejarnos embriagar en el éxtasis del momento.
Nunca había mirado más fijamente esos ojos café; esos que abren paso a tus inseguridades. Conversamos sin decir una palabra por quién sabe cuánto tiempo. Sentí la eternidad en un segundo. Luego abrí los ojos y recordé por qué a los sueños no se les permite amanecer.
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