Pero por sobre todo ahí estaba esa sonrisa tranquila, que ya me habían contado el panorama una y mil veces. El aroma de viernes lentamente se transformó en nostalgia, mis manos temblaban, pero nadie necesitaba saberlo. Me demoré bastante en arreglarme el pañuelo para que estuviera cómodo, es mi pañuelo favorito y siempre lo uso, ya sé hacerlo, pero tardé demasiado en ponermelo. Hay una diferencia entre tardar mucho y tardar demasiado. Si hubiera tardado mucho, habría disfrutado de su abrigo por al menos un tiempo, pero tardé demasiado en ponérmelo y acomodármelo. Por eso cuando nos vinimos me lo saqué de inmediato y no fue más que una pérdida el haber intentado acomodarlo.
Supongo que así nos pasó, tardé demasiado, tanto que no logré disfrutar y tuve que quitarlo de inmediato.
Fue refrescante, ese viento de honestidad del que mis pulmones lograron saborear. A veces es más sencillo depender de las manos rápidas haciendo un nudo en un pañuelo que palabras rápidas haciendo un nudo en el pecho.
Tenía que pasar, porque las personas correctas en los momentos equivocados suelen disfrutar de cosas sencillas como un helado. Se propone como cuento, termina siendo historia, se imagina como historia de hadas y termina siendo la realidad más fantástica, en la que por fin no tardas mucho, ni demasiado. Tardamos lo justo en darnos cuenta lo mucho que nos gusta el pañuelo, pero que ya no es momento de usarlo. Tardamos poco en notar que se ve bonito puesto, pero no cumple una función satisfactoria en los roles que interpretamos ese día.
Esa era la parte linda, ¿No? el saber que después de tantos cuentos, aun podemos archivar este y avanzar en el libro, leyendo con confianza, porque un pañuelo y un globo son sólo herramientas de una buena historia.