viernes, 26 de mayo de 2017

So long, Too long

Salimos a la brisa fría característica de las 10 de la noche, un chispazo de algarabía provenía del frente, el aire olía a frenesí, ese típico aroma de un viernes en la noche donde ya no hay mucho que hacer. La vida se estaba transportando a otro sector y todos corrían de sus mentes para saciar las ganas de despejarse.
Pero por sobre todo ahí estaba esa sonrisa tranquila, que ya me habían contado el panorama una y mil veces. El aroma de viernes lentamente se transformó en nostalgia, mis manos temblaban, pero nadie necesitaba saberlo. Me demoré bastante en arreglarme el pañuelo para que estuviera cómodo, es mi pañuelo favorito y siempre lo uso, ya sé hacerlo, pero tardé demasiado en ponermelo. Hay una diferencia entre tardar mucho y tardar demasiado. Si hubiera tardado mucho, habría disfrutado de su abrigo por al menos un tiempo, pero tardé demasiado en ponérmelo y acomodármelo. Por eso cuando nos vinimos me lo saqué de inmediato y no fue más que una pérdida el haber intentado acomodarlo. 
Supongo que así nos pasó, tardé demasiado, tanto que no logré disfrutar y tuve que quitarlo de inmediato. 
Fue refrescante, ese viento de honestidad del que mis pulmones lograron saborear. A veces es más sencillo depender de las manos rápidas haciendo un nudo en un pañuelo que palabras rápidas haciendo un nudo en el pecho. 
Tenía que pasar, porque las personas correctas en los momentos equivocados suelen disfrutar de cosas sencillas como un helado. Se propone como cuento, termina siendo historia, se imagina como historia de hadas y termina siendo la realidad más fantástica, en la que por fin no tardas mucho, ni demasiado. Tardamos lo justo en darnos cuenta lo mucho que nos gusta el pañuelo, pero que ya no es momento de usarlo. Tardamos poco en notar que se ve bonito puesto, pero no cumple una función satisfactoria en los roles que interpretamos ese día. 
Esa era la parte linda, ¿No? el saber que después de tantos cuentos, aun podemos archivar este y avanzar en el libro, leyendo con confianza, porque un pañuelo y un globo son sólo herramientas de una buena historia. 

lunes, 22 de mayo de 2017

Pretty purple balloon

Imagine a balloon. The prettiest balloon you've ever bought. Imagine it with your favorite color. Think about how big you want it to be, put your lips around the border and exhale with all your power. Imagine you did it well, imagine you didn't laugh, imagine it was meant to be big. But think about what you feel when it goes flying away from you. It was supposed to be the prettiest balloon ever, it was supposed to make you feel happier, but now you don't have it; and again, you walk all the way where it went, you gently hold it between your fingers, and proceed to do the process one more time. What if it goes wrong again? Would you mind picking it up for a second time? What if you didn't really like it as big. Would you throw it away to fly in the wind? Would you look at it while it goes away?
I'm decided to blow air inside my lungs, and try it one more time, even if that means I'm breathless after doing it. I'm positive it will feel like fainting and crashing into a wall of despair; but people say it's worth the risk. People always put it like inflating a balloon is more of the result than the process of holding on to it before you get to set it loose. 

I did, actually. I filled my lungs and emptied them all at once. And it actually did feel like hell. And I'm even more sure now that I'm trying it again next time. Holding on to something made me examine it with deep caution, I was able to study every possible risk this may bring, and every posible enjoyment I could have after all. At the end, it was not the thinking that got me through it, but it was doing what I was supposed to do what brought me relief. I don't recommend this very often, but let go, let loose, let it fly away; and If by some reason you find it back, keep it.

sábado, 20 de mayo de 2017

Slow hands 🎶

Al compás de 8 beats unimos nuestros pensamientos en borrosos recuerdos de un pasado casi alternativo. 
Era inevitable llegar a esa conversación que había rondado nuestras mentes por más tiempo del esperado. Un par de risas nos sobraron para llegar a la pregunta que gatilló en mi la debilidad del pasado. No somos los mismos, y esa es precisamente la magia. La misma magia que nos dibuja círculos al rededor de los pensamientos, recalcando los afines y subrayando las respuestas que se configuran tras haber delimitado las posibilidades. 
Ya no es momento de reflexionar por más tiempo sobre cómo habría sido de haber sido. Sin embargo todo lo sucedido hizo crecer aquello que alguna vez se creía muerto. De verdad, ¿alguna vez murió? Esos flechazos infames directos a la razón no parecen haber funcionado. Sabíamos lo que pasaba y no quisimos avanzar más, porque esta vez los papeles de habían invertido. Esta vez las rutinas marcadas estaban determinadas en girar en otra dirección.  
Y avanzaba la hora y todo se hacía más familiar, un sentimiento cálido rodeaba mis sentidos, como si ese abrigo gentil que se esparcía en el asiento llegara a mis ideas y les otorgara credibilidad. 
Las excusas llegaron más temprano que tarde y las caminatas nos otorgaron ocasiones diferentes, fuera del vibrato y la vibración incoherente. ¿Lo sentiste también? Era lo fresco del entusiasmo, y la brisa nos entró por las rendijas. 
Ya no tengo murallas, ni barreras, ni guardias; solo tengo tiempo y manos frías. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

Un crimen pasional

Estaba de pie frente al espejo, esperando pacientemente que su hija saliera de esa fiesta de cumpleaños. "¡Apúrate Ignacia!" vociferaba tras la muchedumbre, el pasillo de esa casa era tan largo que se transformaba en el cuarto de espera cada fiesta. "¿A quién busca dama?" Sonó la voz madura del cumpleañero, "Hola, soy Bruno". "A María Ignacia", dijo tímida, "Ya la llamé un par de veces y se está poniendo las zapatillas, Soy Francia", terminó con un repiqueteo inusual; lo observó de pies a cabeza, se aseguró de observar bien el corte de pelo y los músculos en su brazo, incluso el sudor que le corría por la espalda y se entreveía por su sudadera sin mangas.

"¡Mamá despierta!" dijo la hija, estaba vestida de punta en blanco para ir a Misa, era el bautizo de su ahijado y los niños no querían perdérselo de ninguna manera. "¡María Ignacia, no me asustes de esa manera!" reclamaba su madre constantemente, decía que se le subía el azúcar, pero en realidad solamente no le gustaba ser interrumpida en sus pensamientos enajenados. "Ponte de pie hija, llama a tu padre que ya nos vamos" resopló descontenta. Todos estaban felices por el bebé, pero aún nadie sabía quién era realmente ese bebé. "Papá viene pronto, dijo que subiéramos al auto" dijo el pequeño Max bajando la escalera. Francia llamó a sus hijos y los reunió para las instrucciones finales: "Recuerden que este es un día especial y no queremos que nada la arruine". Todos instalados en el auto esperando al papá, Francia no pudo más que contener sus emociones al tocar ese asiento de cuero rojo que le traía tantos recuerdos, se mordió el labio e intentó ocultar el pasado debajo de sus marcados pómulos, "Hola, soy Bruno" resonaba en su cabeza, sin que nadie lo pudiera sacar de ahí.

"Señora Lyon, qué gusto verla" dijo Bruno, con una sonrisa marcada y decidida. "Oh, gracias, dime Francia por favor, ¿Qué te trae por acá?" respondió nerviosa, desde el primer día ese 'niño' le movía el piso como su esposo no lo había hecho en años, "Es el supermercado, normalmente la gente viene a comprar comida y algunas otras cosas que necesita" se burló él, intentado romper el hielo. "Bruno, tú eres amigo de mi hija, ¿no es así?" inquirió ella, haciéndose la desentendida. “Claro, ella me ha contado mucho de su familia, pero jamás me había dicho que tenía una madre como usted” coqueteó él. Ella lo observó dudosa por un momento mientras él acercaba su mano a su espalda. El contacto sutil de sus dedos tibios contra la piel descubierta por la blusa de seda electrificó brevemente todos sus sentidos, aligeró la carga emocional de aquel encuentro poco casual. “Cuidado, viene alguien pasando” fue su excusa, que rompió más que el hielo entre ellos. “Debo irme” dijo Francia, determinada a encontrarse casualmente en algún otro momento con este jovencito que le había traído de vuelta el alma al cuerpo.

“Francia, ¿Por qué estás tan distante?” inquirió Arturo, su esposo de hace 26 años. Todo había empezado en la secundaria cuando, después de unas cuantas clases juntos, les tocase hacer un trabajo grupal en el que los fuegos se encendieron. Duró bien los primeros años de matrimonio y siguió hasta tener al hijo menor, pero algo había sucedido desde ese tiempo hasta ahora en el que ya ni sus bocas tenían deseos de juntarse. Francia resopló confundida “¿A qué te refieres?” frunció el ceño despectiva, “A veces me desespera tener que siempre estar esperando por ti en el auto” dijo sin pensarlo dos veces, apretando el cuero del asiento nuevamente, ese lugar guardaba secretos más importantes que cualquier otro lugar de su casa. “¿Dónde debemos ir?” dijo finalmente Arturo, “Papá, llevamos toda la semana hablando del bautizo del bebé de Antonia, en la Capilla frente a la plaza” dijo María Ignacia. “¿Falta algo?” Preguntó Arturo, cerciorándose que todo estuviera en orden, “Francia, ¿Todo bien?”, “Solo avanza” respondió.

“¿Tú por aquí otra vez?” sonrió Francia, sorprendiéndose de encontrarlo en el estacionamiento del supermercado donde habían tenido su primer encuentro. “Mensualmente vengo unas 3 o 4 veces, no debería sorprenderle” bromeó. Rieron amistosamente por un par de minutos hasta que Bruno preguntó algo que dejó a Francia boquiabierta: “¿Usted llegaría a fijarse en alguien menor?” observándole con paciencia, dejando en evidencia la sed del contacto. “Soy una mujer casada, ¿Por qué preguntas eso?” dijo entre risas coquetas. “Porque me parece atractiva, y siempre tiene cara de cansada cuando está cerca de su esposo” dijo el joven, aparentando conocer los misterios de la vida. “Mira jovencito, jamás haría cosa semejante, sin embargo puedo tenerlo en consideración” respondió maliciosamente, sabiendo todo lo que podría acarrear esta respuesta, se inclinó más cerca de él y le dio un beso en la mejilla demasiado cerca de la boca como para ser casualidad. “Nos vemos la otra semana supongo” sonrió él, acariciándole temeroso el brazo, y se alejó con calma del lugar; sin embargo Francia subió al auto sin dejar de temblar, estaba nerviosa y excitada por el riesgo inminente de la aventura prohibida. Sentía cosquilleos en toda la espalda y mordía sus labios con solo pensar en el encuentro que se aproximaba peligrosamente.

“Mamá, ¿Qué sabes del bebé de Antonia?” Preguntó el hijo menor de Francia, como si él también supiera que algo no andaba bien. Se sintió presionada por su propia culpa, la temperatura interna del auto aumentaba segundo a segundo, Francia ya no podía mantener el secreto de su romance con Bruno, tantas tardes de lujuria estaban empezando a pasarle la cuenta a su mente y era momento de encontrarse con él una vez más, debían guardar composturas frente a las familias y amigos y aguantarse las ganas por completo. Esa sensación que comienza en la parte inferior del estómago y se traslada a la espalda para recorrerla completa hasta la nuca, vuelve el cosquilleo en las piernas y el mareo consecuente de tanto éxtasis. Francia se sintió ‘enferma’ y se bajó rápidamente del auto apenas llegaron a la Capilla, pero le aguardaba aun lo peor.

“Ya era hora que llegaras” Dijo Bruno, arreglándose su chaqueta negra, ella se puso de pie fuera del auto y pasó su mano por la cintura como llamándolo a pecar. Él fue quien dio el primer paso, firme y varonil, acercándose cada vez a la línea de peligro. Fue un encuentro osado, el atardecer se cansó de tanta algarabía sugestiva, sus bocas conjugaban palabras inexplicables de placer y deseo que ambos estaban sobrepasados del acto mismo, su conexión era más fuerte que en el primer toque, esas manos tibias y suaves recorrían su cadera como cual ciego lee braille. Las ventanas mismas del auto comenzaban a tornarse húmedas por la temperatura que iba en aumento. El cuero rojo rozaba sus piernas y Francia no podía más que imaginar estrellas en sus ojos. Era la infinidad en un instante, la maravilla de lo prohibido mezclándose con la rutina. Estaban tan embriagados de placer que las horas parecieron ser ínfimas, los segundos se desgastaban ante la mera presencia de un crimen sin control. Rompieron las líneas permitidas con tanto ímpetu que ninguno se atrevió a hablar de lo ocurrido en voz alta, solo eran sus pensamientos que gritaban desesperadamente que esta ocasión se repitiera.

Francia entró en la capilla para darse cuenta que ahí estaba Bruno, con su corbata morada, la misma que ella había quitado de ese cuello un par de veces antes de quitarle la camisa. La misma corbata de cuando fueron juntos miles de veces al pub pretendiendo que solo iban a “tomar algo de pasada”. Bruno la observó perplejo, como si no recordara que ella también estaba invitada al bautizo. Ambos se reconocieron las ganas de terminar lo que ya habían empezado, pero recordaban también lo difícil y peligroso que sería en esas circunstancias, en las que nada estaba permitido, todo estaba criticado por el resto de las personas del lugar, todo debía ser pulcro y limpio. Ella lo miraba de reojo durante la ceremonia, fijándose que ni su esposo ni la novia de Bruno los mirara. Romina los miraba con detención cada vez que se acercaban a platicar. Resulta que ella era más astuta que Bruno y Francia juntos, y a pesar de lo que se creía, ella tenía sus propios asuntos secretos; además, ya los había pillado con las manos en la masa cuando Bruno, sin percatarse que los observaban, acarició la espalda de Francia sobrepasando ciertos límites de confianza. Romina se estaba guardando todo para cuando fuera el momento de sacar a la luz y llevarse toda la ganancia.  Bruno la miró como estudiándola dentro del auto, no era la primera ni la segunda vez que se escabullían para tan infame encuentro, cada semana, jueves por la noche, era su reunión privada. Siempre era algo diferente, empezaban de manera sutil y casual, como si dos colegas fueran a un Happy Hour. Sus ojos siempre buscaban la manera de examinarse sin ser descubiertos. Francia nunca aguantaba la actuación más de una hora, todo para ella debía ser fugaz. Bruno siempre la llevaba de la mano a la parte trasera del local, sabiendo lo que ello implicaba. Un jueves más y una noche más. Cada vez se iban guardando jueves a la lista de noches descontroladas y dejadas de manera cuidadosa dentro del baúl de recuerdos por olvidar. 

Y así llegaron a darse las 10 de la noche, todos estaban comenzando a dejar la Capilla para irse a refugiar de la suave llovizna que se veía en lo distante del cielo. Bruno se acercó a Francia para despedirse, llegó junto a su novia de la mano y no pudo simular lo suficientemente bien y terminó por delatar su pasión al pasarle la mano, más lento de lo usual, por la espalda. Francia se sonrojó y tomó la mano de su esposo con más fuerza. pero ahí fue donde comenzó el terror. 
Arturo había estado sospechando desde hace algún tiempo que algo andaba raro con su mujer, así decidió seguirla. Su corazón se destrozó al oír los gemidos en la parte de atrás del Bar, y con amargas lágrimas volvía a su hogar cada vez que seguía a Francia en sus salidas de los jueves. Arturo había estado planeando este momento hace meses, la fachada perfecta para un crimen perfecto. Tomó por la espalda a su esposa, la acercó a sí mismo y la besó como hacía meses no la besaba. Recorrió con sus manos su espalda y le acarició el cabello mientras respiraba su aroma a 'dulce de fresas'. Se adelantó a despedirse de Bruno y sonrió al mirar a Romina. "Te espero en el auto, encenderé la máquina" le dijo a Francia, sabiendo que en realidad, no tendría que esperar. 
Romina observó a Arturo por el rabillo del ojo y supo que era su momento de actuar. Dejó a Bruno y le besó la mejilla, "Necesito correr al baño, ¿me esperas?". Bruno asintió y Romina se alejó, en dirección opuesta al estacionamiento. La pasión superó a Francia y se acercó a Bruno, que en un instante la tomó por la cintura para darle el que sería el último de sus besos, habían acordado no verse más y continuar sus vidas. Pero sus bocas se sintieron raras, sus gargantas empezaron a quemar como con cien grados, y comenzaron a gritar desesperadamente. Ambos cayeron al suelo y temblaron en medio de convulsiones, y ambos dejaron el último suspiro dedicado a su amor.
Mientras, Arturo cerraba la puerta y Romina se ajustaba el cinturón. "Tendremos que decirles a los niños las noticias" dijo ella, y él sólo sonrió y respondió a modo condescendiente "No será dificil". Partió el motor y escaparon juntos, como las tantas veces anteriores que ya había sucedido.

martes, 16 de mayo de 2017

De ti y de mi

¿Recuerdas esa vez que salías conmigo y me rechazaste?¿Recuerdas que me hiciste esperar a que te decidieras?¿Recuerdas que me fui sin dar explicaciones? Recuerdo que no querías perder ni pan ni pedazo, recuerdo que nunca creíste en la posibilidad de un "nosotros" y también recuerdo las palabras que aún nos faltan por intercambiar, las frases que aún nos falta aclarar del panorama. Tantas letras desperdiciadas en almas vagabundas que jamás reconocerán el desastre que dejaron en la mente ajena, incluyéndome, somos todos criminales de tiempo completo, robamos sonrisas y miradas y regalamos ilusiones que no pretendemos cultivar. Me encantaba su compañía y me encantaba verle sonreír, así tímido como siempre. No me importa perder tanto ahora como me importaba antes de saber ciertas verdades que no deberían escaparse, ahora estoy menos temerosa y más ayuda. Creo que cientos de veces lo he dicho: no me gusta, me desagrada bastante el contacto físico, pero de vez en cuando surge alguien que me hace entrar en razón y pensar en las mismas cosas de manera diferente; es cierto lo que estás leyendo: las mismas cosas que creía únicas en alguien, las encontré en otra persona, te alegrará saber que efectivamente esa otra persona está al tanto de la situación y ya lo he puesto al corriente. Te alegrará saber también que ya recapacité de lo que hice y pretendo no hacerlo igual esta vez, pretendo arreglar y corregir lo que ambos sabemos que no estaba bien. En ese tiempo éramos menos capaces de reaccionar ante la amenaza latente del descontento, olvidando la promesa brillante del gozo y felicidad que se avecinaba. Fuimos presa de nuestras propias inseguridades e inquietudes, asfixiamos la confesión suponiendo que era esa la derrota, cuando los derrotados fuimos nosotros al olvidar partes de la ecuación. Es hora de dejar los miedos en el camino, ya tengo la idea inicial de la historia que quiero escribir; sin embargo, me falta el final, ese que solo tú conoces, no hay por qué ni razones, solo hay tiempo.. y se nos está acabando. 

Miedo Irracional

Y era impulsivo, casi frenético, un movimiento exagerado en el que todo se consumía de la nada. Esas miradas cruzadas de oculta complicidad indicaban más que un simple buenos días o buenas noches. Nada presagiaba la tragedia a la que se verían expuestos por culpa de su misma incorrección, porque jamás iban a entender ni se iban a atrever, todo el proceso era demasiado como para hacer algo al respecto. Y ahí estaban, parados e inexpresivos, muertos de miedo, hablando del día a día como si la rutina les fuera a satisfacer. Ambos entendían la importancia de la claridad, pero ambos se quedaron confundidos detrás de sus propias murallas, era más seguro, más cómodo y menos riesgoso. ¿A qué le temían realmente?

domingo, 14 de mayo de 2017

¿Por qué no?

Porque hablas muy fuerte,
Porque no te callas nunca, 
Porque tienes mucha personalidad, 
Porque no controlas tus impulsos, 
Porque te demoras demasiado, 
Porque no comprendo tu personalidad, 
Porque eres muy efervescente, 
Porque eres muy irritable, 
Porque eres demasiado metódica, 
Porque no tienes lo que hace falta, 
Porque crees que te la sabes todas, 
Porque eres muy joven, 
Porque tienes mucha edad, 
Porque tienes poca experiencia, 
Porque estás sobrecalificada, 
Porque no quiero hacerte daño,
Porque no quiero que sufras, 
Porque no creo que esto te convenga, 
Porque no soy lo suficiente para ti, 
Porque no soy digno de ti, 
Porque eres mucho para mí, 
Porque no logro entenderte, 
Porque no tengo tiempo ahora, 
Porque prefiero concentrarme en mis estudios, 
Porque debo darle prioridad a otras cosas, 
Porque no eres lo que busco, 
Porque no es el tiempo, 
Porque no siento que sea correcto, 
Porque no es así como me lo imaginaba. 

Patrañas. 

sábado, 6 de mayo de 2017

Brillo Hierático

Estaba seria, inexpresiva. Ninguno de nosotros en su sano juicio lograba descifrar qué pasaba por su mente; pero así se veía perfecta. Misteriosa e indescifrable. Vannya tenía los ojos color caramelo, con una expresión de dolor en cada pestañeo. Se notaba en su semblante cómo el pasado la había marcado. Era una mujer fuerte y decidida, siempre sabía exactamente las palabras que decir para romper el hielo. Tenía una personalidad confusa, como si todo el dolor de una mirada triste se fundiera con el sarcasmo de la superioridad adquirida, ese tipo de superioridad innata de alguien que hace todo bien sin siquiera proponérselo. Esa tarde estaba enalienada, pensando en cualquier otra cosa menos en el tema que estábamos hablando; repetía cada cierto tiempo alguna pregunta que ya se había hecho anteriormente, ese día fatídico día en el que había llegado atrasada a su más importante reunión del trabajo, cuando todos sabíamos que ella no solía hacer eso. Su trastorno obsesivo compulsivo no le permitía salir de la estructura de la responsabilidad. Era irritablemente organizada, "cuadrada" diría mi madre, que nunca estuvo muy de acuerdo en que yo saliera con ella. "Algo tiene en sus ojos, como si en cualquier momento fuera a engañarte" decía ella. Quizá tenía razón, quizá no, pero yo estaba loco por ella. Por su manera de mover los labios al hablar, por su forma tan expresiva de agitar las manos en el aire cuando quería dar a entender su punto de vista. Ella era tan enredada, tan difícil de comprender, quizá su manera de ver la vida no concordaba con la vida misma.
Tuvieron que pasar 3 meses para darme cuenta de todo lo que podía hacerle a mi corazón. Me volví como un niño, en el peor sentido de la palabra: confiable, ciego y dependiente. Ella logró dominar cada parte de mi mente, cada rincón estaba engatusado por su misteriosa manera hablar. Quería emborracharme de ella y volverme sobrio de su ser. Quería empaparme de su aroma y gastar todo lo que tenía por complacerla. Estaba obsesionado con ella, y eso me terminó jugando en contra cuando Jessica apareció en mi vida.

Vannya sabía exactamente qué decirme para desconfigurarme y volverme loco de remate, y no necesariamente de amor.