Estaba de pie frente al espejo, esperando pacientemente que su
hija saliera de esa fiesta de cumpleaños. "¡Apúrate Ignacia!"
vociferaba tras la muchedumbre, el pasillo de esa casa era tan largo que se
transformaba en el cuarto de espera cada fiesta. "¿A quién busca
dama?" Sonó la voz madura del cumpleañero, "Hola, soy Bruno".
"A María Ignacia", dijo tímida, "Ya la llamé un par de veces y
se está poniendo las zapatillas, Soy Francia", terminó con un repiqueteo
inusual; lo observó de pies a cabeza, se aseguró de observar bien el corte de
pelo y los músculos en su brazo, incluso el sudor que le corría por la espalda
y se entreveía por su sudadera sin mangas.
"¡Mamá despierta!" dijo la hija, estaba vestida de punta en blanco para ir a Misa, era el bautizo de su ahijado y los niños no querían perdérselo de ninguna manera. "¡María Ignacia, no me asustes de esa manera!" reclamaba su madre constantemente, decía que se le subía el azúcar, pero en realidad solamente no le gustaba ser interrumpida en sus pensamientos enajenados. "Ponte de pie hija, llama a tu padre que ya nos vamos" resopló descontenta. Todos estaban felices por el bebé, pero aún nadie sabía quién era realmente ese bebé. "Papá viene pronto, dijo que subiéramos al auto" dijo el pequeño Max bajando la escalera. Francia llamó a sus hijos y los reunió para las instrucciones finales: "Recuerden que este es un día especial y no queremos que nada la arruine". Todos instalados en el auto esperando al papá, Francia no pudo más que contener sus emociones al tocar ese asiento de cuero rojo que le traía tantos recuerdos, se mordió el labio e intentó ocultar el pasado debajo de sus marcados pómulos, "Hola, soy Bruno" resonaba en su cabeza, sin que nadie lo pudiera sacar de ahí.
"Señora Lyon, qué gusto verla" dijo Bruno, con una sonrisa marcada y decidida. "Oh, gracias, dime Francia por favor, ¿Qué te trae por acá?" respondió nerviosa, desde el primer día ese 'niño' le movía el piso como su esposo no lo había hecho en años, "Es el supermercado, normalmente la gente viene a comprar comida y algunas otras cosas que necesita" se burló él, intentado romper el hielo. "Bruno, tú eres amigo de mi hija, ¿no es así?" inquirió ella, haciéndose la desentendida. “Claro, ella me ha contado mucho de su familia, pero jamás me había dicho que tenía una madre como usted” coqueteó él. Ella lo observó dudosa por un momento mientras él acercaba su mano a su espalda. El contacto sutil de sus dedos tibios contra la piel descubierta por la blusa de seda electrificó brevemente todos sus sentidos, aligeró la carga emocional de aquel encuentro poco casual. “Cuidado, viene alguien pasando” fue su excusa, que rompió más que el hielo entre ellos. “Debo irme” dijo Francia, determinada a encontrarse casualmente en algún otro momento con este jovencito que le había traído de vuelta el alma al cuerpo.
“Francia, ¿Por qué estás tan distante?” inquirió Arturo, su esposo de hace 26 años. Todo había empezado en la secundaria cuando, después de unas cuantas clases juntos, les tocase hacer un trabajo grupal en el que los fuegos se encendieron. Duró bien los primeros años de matrimonio y siguió hasta tener al hijo menor, pero algo había sucedido desde ese tiempo hasta ahora en el que ya ni sus bocas tenían deseos de juntarse. Francia resopló confundida “¿A qué te refieres?” frunció el ceño despectiva, “A veces me desespera tener que siempre estar esperando por ti en el auto” dijo sin pensarlo dos veces, apretando el cuero del asiento nuevamente, ese lugar guardaba secretos más importantes que cualquier otro lugar de su casa. “¿Dónde debemos ir?” dijo finalmente Arturo, “Papá, llevamos toda la semana hablando del bautizo del bebé de Antonia, en la Capilla frente a la plaza” dijo María Ignacia. “¿Falta algo?” Preguntó Arturo, cerciorándose que todo estuviera en orden, “Francia, ¿Todo bien?”, “Solo avanza” respondió.
“¿Tú por aquí otra vez?” sonrió Francia, sorprendiéndose de encontrarlo en el estacionamiento del supermercado donde habían tenido su primer encuentro. “Mensualmente vengo unas 3 o 4 veces, no debería sorprenderle” bromeó. Rieron amistosamente por un par de minutos hasta que Bruno preguntó algo que dejó a Francia boquiabierta: “¿Usted llegaría a fijarse en alguien menor?” observándole con paciencia, dejando en evidencia la sed del contacto. “Soy una mujer casada, ¿Por qué preguntas eso?” dijo entre risas coquetas. “Porque me parece atractiva, y siempre tiene cara de cansada cuando está cerca de su esposo” dijo el joven, aparentando conocer los misterios de la vida. “Mira jovencito, jamás haría cosa semejante, sin embargo puedo tenerlo en consideración” respondió maliciosamente, sabiendo todo lo que podría acarrear esta respuesta, se inclinó más cerca de él y le dio un beso en la mejilla demasiado cerca de la boca como para ser casualidad. “Nos vemos la otra semana supongo” sonrió él, acariciándole temeroso el brazo, y se alejó con calma del lugar; sin embargo Francia subió al auto sin dejar de temblar, estaba nerviosa y excitada por el riesgo inminente de la aventura prohibida. Sentía cosquilleos en toda la espalda y mordía sus labios con solo pensar en el encuentro que se aproximaba peligrosamente.
"¡Mamá despierta!" dijo la hija, estaba vestida de punta en blanco para ir a Misa, era el bautizo de su ahijado y los niños no querían perdérselo de ninguna manera. "¡María Ignacia, no me asustes de esa manera!" reclamaba su madre constantemente, decía que se le subía el azúcar, pero en realidad solamente no le gustaba ser interrumpida en sus pensamientos enajenados. "Ponte de pie hija, llama a tu padre que ya nos vamos" resopló descontenta. Todos estaban felices por el bebé, pero aún nadie sabía quién era realmente ese bebé. "Papá viene pronto, dijo que subiéramos al auto" dijo el pequeño Max bajando la escalera. Francia llamó a sus hijos y los reunió para las instrucciones finales: "Recuerden que este es un día especial y no queremos que nada la arruine". Todos instalados en el auto esperando al papá, Francia no pudo más que contener sus emociones al tocar ese asiento de cuero rojo que le traía tantos recuerdos, se mordió el labio e intentó ocultar el pasado debajo de sus marcados pómulos, "Hola, soy Bruno" resonaba en su cabeza, sin que nadie lo pudiera sacar de ahí.
"Señora Lyon, qué gusto verla" dijo Bruno, con una sonrisa marcada y decidida. "Oh, gracias, dime Francia por favor, ¿Qué te trae por acá?" respondió nerviosa, desde el primer día ese 'niño' le movía el piso como su esposo no lo había hecho en años, "Es el supermercado, normalmente la gente viene a comprar comida y algunas otras cosas que necesita" se burló él, intentado romper el hielo. "Bruno, tú eres amigo de mi hija, ¿no es así?" inquirió ella, haciéndose la desentendida. “Claro, ella me ha contado mucho de su familia, pero jamás me había dicho que tenía una madre como usted” coqueteó él. Ella lo observó dudosa por un momento mientras él acercaba su mano a su espalda. El contacto sutil de sus dedos tibios contra la piel descubierta por la blusa de seda electrificó brevemente todos sus sentidos, aligeró la carga emocional de aquel encuentro poco casual. “Cuidado, viene alguien pasando” fue su excusa, que rompió más que el hielo entre ellos. “Debo irme” dijo Francia, determinada a encontrarse casualmente en algún otro momento con este jovencito que le había traído de vuelta el alma al cuerpo.
“Francia, ¿Por qué estás tan distante?” inquirió Arturo, su esposo de hace 26 años. Todo había empezado en la secundaria cuando, después de unas cuantas clases juntos, les tocase hacer un trabajo grupal en el que los fuegos se encendieron. Duró bien los primeros años de matrimonio y siguió hasta tener al hijo menor, pero algo había sucedido desde ese tiempo hasta ahora en el que ya ni sus bocas tenían deseos de juntarse. Francia resopló confundida “¿A qué te refieres?” frunció el ceño despectiva, “A veces me desespera tener que siempre estar esperando por ti en el auto” dijo sin pensarlo dos veces, apretando el cuero del asiento nuevamente, ese lugar guardaba secretos más importantes que cualquier otro lugar de su casa. “¿Dónde debemos ir?” dijo finalmente Arturo, “Papá, llevamos toda la semana hablando del bautizo del bebé de Antonia, en la Capilla frente a la plaza” dijo María Ignacia. “¿Falta algo?” Preguntó Arturo, cerciorándose que todo estuviera en orden, “Francia, ¿Todo bien?”, “Solo avanza” respondió.
“¿Tú por aquí otra vez?” sonrió Francia, sorprendiéndose de encontrarlo en el estacionamiento del supermercado donde habían tenido su primer encuentro. “Mensualmente vengo unas 3 o 4 veces, no debería sorprenderle” bromeó. Rieron amistosamente por un par de minutos hasta que Bruno preguntó algo que dejó a Francia boquiabierta: “¿Usted llegaría a fijarse en alguien menor?” observándole con paciencia, dejando en evidencia la sed del contacto. “Soy una mujer casada, ¿Por qué preguntas eso?” dijo entre risas coquetas. “Porque me parece atractiva, y siempre tiene cara de cansada cuando está cerca de su esposo” dijo el joven, aparentando conocer los misterios de la vida. “Mira jovencito, jamás haría cosa semejante, sin embargo puedo tenerlo en consideración” respondió maliciosamente, sabiendo todo lo que podría acarrear esta respuesta, se inclinó más cerca de él y le dio un beso en la mejilla demasiado cerca de la boca como para ser casualidad. “Nos vemos la otra semana supongo” sonrió él, acariciándole temeroso el brazo, y se alejó con calma del lugar; sin embargo Francia subió al auto sin dejar de temblar, estaba nerviosa y excitada por el riesgo inminente de la aventura prohibida. Sentía cosquilleos en toda la espalda y mordía sus labios con solo pensar en el encuentro que se aproximaba peligrosamente.
“Mamá, ¿Qué sabes del bebé de Antonia?” Preguntó el hijo menor de
Francia, como si él también supiera que algo no andaba bien. Se sintió
presionada por su propia culpa, la temperatura interna del auto aumentaba
segundo a segundo, Francia ya no podía mantener el secreto de su romance con
Bruno, tantas tardes de lujuria estaban empezando a pasarle la cuenta a su
mente y era momento de encontrarse con él una vez más, debían guardar
composturas frente a las familias y amigos y aguantarse las ganas por completo.
Esa sensación que comienza en la parte inferior del estómago y se traslada a la
espalda para recorrerla completa hasta la nuca, vuelve el cosquilleo en las
piernas y el mareo consecuente de tanto éxtasis. Francia se sintió ‘enferma’ y
se bajó rápidamente del auto apenas llegaron a la Capilla, pero le aguardaba
aun lo peor.
“Ya era hora que llegaras” Dijo Bruno, arreglándose su chaqueta
negra, ella se puso de pie fuera del auto y pasó su mano por la cintura como
llamándolo a pecar. Él fue quien dio el primer paso, firme y varonil,
acercándose cada vez a la línea de peligro. Fue un encuentro osado, el
atardecer se cansó de tanta algarabía sugestiva, sus bocas conjugaban palabras
inexplicables de placer y deseo que ambos estaban sobrepasados del acto mismo,
su conexión era más fuerte que en el primer toque, esas manos tibias y suaves
recorrían su cadera como cual ciego lee braille. Las ventanas mismas del auto
comenzaban a tornarse húmedas por la temperatura que iba en aumento. El cuero
rojo rozaba sus piernas y Francia no podía más que imaginar estrellas en sus
ojos. Era la infinidad en un instante, la maravilla de lo prohibido mezclándose
con la rutina. Estaban tan embriagados de placer que las horas parecieron ser
ínfimas, los segundos se desgastaban ante la mera presencia de un crimen sin
control. Rompieron las líneas permitidas con tanto ímpetu que ninguno se
atrevió a hablar de lo ocurrido en voz alta, solo eran sus pensamientos que
gritaban desesperadamente que esta ocasión se repitiera.
Francia entró en la capilla para darse cuenta que ahí estaba
Bruno, con su corbata morada, la misma que ella había quitado de ese cuello un
par de veces antes de quitarle la camisa. La misma corbata de cuando fueron juntos
miles de veces al pub pretendiendo que solo iban a “tomar algo de pasada”.
Bruno la observó perplejo, como si no recordara que ella también estaba
invitada al bautizo. Ambos se reconocieron las ganas de terminar lo que ya
habían empezado, pero recordaban también lo difícil y peligroso que sería en
esas circunstancias, en las que nada estaba permitido, todo estaba criticado
por el resto de las personas del lugar, todo debía ser pulcro y limpio. Ella lo
miraba de reojo durante la ceremonia, fijándose que ni su esposo ni la novia de
Bruno los mirara. Romina los miraba con detención cada vez que se acercaban a
platicar. Resulta que ella era más astuta que Bruno y Francia juntos, y a pesar
de lo que se creía, ella tenía sus propios asuntos secretos; además, ya los
había pillado con las manos en la masa cuando Bruno, sin percatarse que los
observaban, acarició la espalda de Francia sobrepasando ciertos límites de
confianza. Romina se estaba guardando todo para cuando fuera el momento de
sacar a la luz y llevarse toda la ganancia. Bruno la miró como estudiándola dentro del auto, no era la primera ni
la segunda vez que se escabullían para tan infame encuentro, cada semana,
jueves por la noche, era su reunión privada. Siempre era algo diferente,
empezaban de manera sutil y casual, como si dos colegas fueran a un Happy Hour. Sus ojos siempre buscaban la manera de examinarse sin ser descubiertos. Francia
nunca aguantaba la actuación más de una hora, todo para ella debía ser fugaz.
Bruno siempre la llevaba de la mano a la parte trasera del local, sabiendo lo que
ello implicaba. Un jueves más y una noche más. Cada vez se iban guardando jueves a la lista de noches descontroladas y dejadas de manera cuidadosa dentro
del baúl de recuerdos por olvidar.
Y así llegaron a darse las 10 de la noche, todos estaban comenzando a dejar la Capilla para irse a refugiar de la suave llovizna que se veía en lo distante del cielo. Bruno se acercó a Francia para despedirse, llegó junto a su novia de la mano y no pudo simular lo suficientemente bien y terminó por delatar su pasión al pasarle la mano, más lento de lo usual, por la espalda. Francia se sonrojó y tomó la mano de su esposo con más fuerza. pero ahí fue donde comenzó el terror.
Arturo había estado sospechando desde hace algún tiempo que algo andaba raro con su mujer, así decidió seguirla. Su corazón se destrozó al oír los gemidos en la parte de atrás del Bar, y con amargas lágrimas volvía a su hogar cada vez que seguía a Francia en sus salidas de los jueves. Arturo había estado planeando este momento hace meses, la fachada perfecta para un crimen perfecto. Tomó por la espalda a su esposa, la acercó a sí mismo y la besó como hacía meses no la besaba. Recorrió con sus manos su espalda y le acarició el cabello mientras respiraba su aroma a 'dulce de fresas'. Se adelantó a despedirse de Bruno y sonrió al mirar a Romina. "Te espero en el auto, encenderé la máquina" le dijo a Francia, sabiendo que en realidad, no tendría que esperar.
Romina observó a Arturo por el rabillo del ojo y supo que era su momento de actuar. Dejó a Bruno y le besó la mejilla, "Necesito correr al baño, ¿me esperas?". Bruno asintió y Romina se alejó, en dirección opuesta al estacionamiento. La pasión superó a Francia y se acercó a Bruno, que en un instante la tomó por la cintura para darle el que sería el último de sus besos, habían acordado no verse más y continuar sus vidas. Pero sus bocas se sintieron raras, sus gargantas empezaron a quemar como con cien grados, y comenzaron a gritar desesperadamente. Ambos cayeron al suelo y temblaron en medio de convulsiones, y ambos dejaron el último suspiro dedicado a su amor.
Mientras, Arturo cerraba la puerta y Romina se ajustaba el cinturón. "Tendremos que decirles a los niños las noticias" dijo ella, y él sólo sonrió y respondió a modo condescendiente "No será dificil". Partió el motor y escaparon juntos, como las tantas veces anteriores que ya había sucedido.
Y así llegaron a darse las 10 de la noche, todos estaban comenzando a dejar la Capilla para irse a refugiar de la suave llovizna que se veía en lo distante del cielo. Bruno se acercó a Francia para despedirse, llegó junto a su novia de la mano y no pudo simular lo suficientemente bien y terminó por delatar su pasión al pasarle la mano, más lento de lo usual, por la espalda. Francia se sonrojó y tomó la mano de su esposo con más fuerza. pero ahí fue donde comenzó el terror.
Arturo había estado sospechando desde hace algún tiempo que algo andaba raro con su mujer, así decidió seguirla. Su corazón se destrozó al oír los gemidos en la parte de atrás del Bar, y con amargas lágrimas volvía a su hogar cada vez que seguía a Francia en sus salidas de los jueves. Arturo había estado planeando este momento hace meses, la fachada perfecta para un crimen perfecto. Tomó por la espalda a su esposa, la acercó a sí mismo y la besó como hacía meses no la besaba. Recorrió con sus manos su espalda y le acarició el cabello mientras respiraba su aroma a 'dulce de fresas'. Se adelantó a despedirse de Bruno y sonrió al mirar a Romina. "Te espero en el auto, encenderé la máquina" le dijo a Francia, sabiendo que en realidad, no tendría que esperar.
Romina observó a Arturo por el rabillo del ojo y supo que era su momento de actuar. Dejó a Bruno y le besó la mejilla, "Necesito correr al baño, ¿me esperas?". Bruno asintió y Romina se alejó, en dirección opuesta al estacionamiento. La pasión superó a Francia y se acercó a Bruno, que en un instante la tomó por la cintura para darle el que sería el último de sus besos, habían acordado no verse más y continuar sus vidas. Pero sus bocas se sintieron raras, sus gargantas empezaron a quemar como con cien grados, y comenzaron a gritar desesperadamente. Ambos cayeron al suelo y temblaron en medio de convulsiones, y ambos dejaron el último suspiro dedicado a su amor.
Mientras, Arturo cerraba la puerta y Romina se ajustaba el cinturón. "Tendremos que decirles a los niños las noticias" dijo ella, y él sólo sonrió y respondió a modo condescendiente "No será dificil". Partió el motor y escaparon juntos, como las tantas veces anteriores que ya había sucedido.
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