Era inevitable llegar a esa conversación que había rondado nuestras mentes por más tiempo del esperado. Un par de risas nos sobraron para llegar a la pregunta que gatilló en mi la debilidad del pasado. No somos los mismos, y esa es precisamente la magia. La misma magia que nos dibuja círculos al rededor de los pensamientos, recalcando los afines y subrayando las respuestas que se configuran tras haber delimitado las posibilidades.
Ya no es momento de reflexionar por más tiempo sobre cómo habría sido de haber sido. Sin embargo todo lo sucedido hizo crecer aquello que alguna vez se creía muerto. De verdad, ¿alguna vez murió? Esos flechazos infames directos a la razón no parecen haber funcionado. Sabíamos lo que pasaba y no quisimos avanzar más, porque esta vez los papeles de habían invertido. Esta vez las rutinas marcadas estaban determinadas en girar en otra dirección.
Y avanzaba la hora y todo se hacía más familiar, un sentimiento cálido rodeaba mis sentidos, como si ese abrigo gentil que se esparcía en el asiento llegara a mis ideas y les otorgara credibilidad.
Las excusas llegaron más temprano que tarde y las caminatas nos otorgaron ocasiones diferentes, fuera del vibrato y la vibración incoherente. ¿Lo sentiste también? Era lo fresco del entusiasmo, y la brisa nos entró por las rendijas.
Ya no tengo murallas, ni barreras, ni guardias; solo tengo tiempo y manos frías.
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