No sé cómo puede ser tan difícil sujetar una flor que está destinada a florecer y deliberadamente arrojarla al viento para verla caer pensando que en algún otro jardín algún otro sembrador ya está por darte su flor más preciada. No hay momentos que retumben más en mi cabeza como la canción de cuna que te cantas cada noche para convencerte que todo está bien, te arrullas como bebé y te tapas, pensando que ningún monstruo de abajo de tu cama podrá hacerte daño jamás. Es ahí donde te equivocas, porque la flor está. El monstruo está y tú también estás. Ya viene siendo hora que decidas qué quieres hacer. Si quedarte o irte. Pero no me ruegues que no sienta, que no influya o que simplemente no duela. Porque así son todos, encuentran el cuadro que necesitaban para enmarcar la foto y de pronto ya no están tan seguros que esa era la mejor toma; y comienza el nuevo viaje a buscar la captura correcta, donde el sol se vea mejor y donde el viento menee mejor las hojas de los árboles.
Está todo como debiera estar en una obra. Los tramoyas, el guión, la escenografía y las canciones. Pero resulta que tú, el actor principal, estás llegando tarde a cada ensayo y ya no hay tiempo para que te aprendas el libreto.
Ya es hora de recoger la flor que tiraste y dejarla entremedio de un libro, entre páginas gastadas por tus labios moribundos. Déjate llevar por las garras somníferas del devorador de ultratumba, que atemoriza tu mente y sacude tu corazón.
Al fin y al cabo, este es tan solo un acto más, en la ópera de la flor marchita porque olvidaron regarla.
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