Ya pasó una semana de que Bianca no me habla. Ese beso fue
increíble, de verdad que si, pero ella no sabe qué hacer ahora, cómo
reaccionar. Me temo haber perdido a mi mejor amiga. Bianca estaba saliendo con
Raúl hace un par de semanas pero nada había salido de ello, Raúl era muy tímido
y Bianca muy extrovertida, pero se llevaban bien y de alguna manera disfrutaban
de la compañía del otro. Bianca me había contado un par de cosas de él, pero
nunca pensé que llegaría a suceder algo entre ellos. Una tarde cualquiera me
contó de sus miedos y sus desafíos, me contó de sus problemas del pasado y me
reveló algunos secretos que tenía. Ella era asombrosa en ese instante, hablaba
de cosas dolorosas como si solo fueran un antiguo cuento para asustar a los
niños. Resultó en ser un gran día.
"¿Podemos vernos?", sonaba tímida en el teléfono,
cosa inusual en ella. Corrí a su casa y toqué el timbre, ese timbre viejo que a
duras penas funciona, y ella salió a recibirme. Nos sentamos en el pórtico y
ella me sirvió jugo de manzana, trajo galletas y un par de muffins recién
horneados. "Lamento mi lejanía" me dijo, delatando una risa nerviosa.
Le pregunté por cómo se sentía y qué quería hacer; sonrió y tomó mi mano; el
contacto de su piel con la mía fue como electricidad, mágico como la primera
vez; me dijo lo mucho que me quería y la confusión que había en su cabeza en
ese momento porque Raúl le había pedido ser su novia esa misma noche que nos
besamos. Me dijo que quería decirle que sí, pero no pudo. Extrañamente sentí
que ganaba un punto en una imaginaria lista de "a favor de Miguel".
Su cara estaba serena, siempre ha sido así, solo que la disfraza con su
habitual efervescencia. "Quiero besarte otra vez, y quiero escaparme
contigo, pero tengo una vida que mantener y en este momento no me entregas la
estabilidad emocional que necesito" fueron sus palabras. Sentí como mi
corazón se partía. Las palabras se grabaron en mi cabeza como fuego y no dejé
de pensar en su deseo de besarme y lo mucho que quería besarla yo también. Pero sus palabras habían sido terminantes, yo
no era el adecuado para ella en este momento y la quiero demasiado como para
hacerla sufrir. Intenté cobrar ánimo para esa semana, Bianca iba a viajar a casa de sus padres y
volvería en unos días. Fui a dejarla a la estación y antes de subirse me abrazó
por más de unos simples segundos y me besó la mejilla. La miré directo a los
ojos y pude sentir sus ganas de concretar esa idea loca que teníamos ambos.
Siempre ella fue la madura, se alejó un
poco de mí y me dijo: "aprovecha de pensar y organizarte, sabes que te quiero mucho y que eres alguien
sumamente te especial para mí. Prométeme que estarás bien", asentí y
desapareció entre la multitud.
Ocho días más tarde y yo ya tenía el mejor plan de todos:
Bianca volvería a verme y en ese instante le diría todo lo que siento por
ella, pero llevaría un ramo de flores
conmigo, para no pasar vergüenza. Pero
el tren no aparecía, revisaba el boleto
una y otra vez y las 19:25 se me hacía horrible. No aparecía en ningún lado y
ya eran las 19:40. Me acerqué a la dama del mesón para preguntar por el tren de
las 19:25 y me respondió con una suave sonrisa "los trenes tienden a
retrasarse en esta época del año producto del clima. Si no ha llegado a las 8,
haremos una llamada de emergencia". Me senté a esperar esos 20 minutos que
aún faltaban, esperé pacientemente pero el reloj parecía no avanzar. Luego de
la tortura de los segundos eternos, volví a acercarme al mesón, pero
la cara de la asistente era diferente. Preocupada. Y luego soltó el teléfono
por el que estaba hablando. Me paralicé ante la sola idea de un accidente, aun así reaccioné y corrí por ayuda, y luego
no podía hacer más que esperar lo mejor.
4 horas pasaron hasta que me dijeron en qué habitación
estaba ella. Suerte que nada más ni nada menos que Raúl era su médico de turno.
Al fin ese sopenco era para algo útil. Entré al hospital y me dijeron que
estaba delicada y no debíamos molestarla con pequeñeces. Decidido subí al
cuarto piso y ubiqué la 417. Curiosa
fecha, un 17 de abril nos conocimos.
Abrí la puerta y allí estaba ella, serena y hermosa. Me senté a su lado y tomé
su mano delicada, le acaricié la frente y entreabrió sus ojos; era una ocasión
sublime.
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