miércoles, 23 de diciembre de 2015

25 y un milagro - 9

“Estaba vistiéndome cuando llamaste para decirme algo importante de Raúl, tuve que decirte que no podía porque ya casi era la hora de irnos. Sentí tu voz preocupada y estuve dándole vueltas a la conversación que sostuvimos hasta que me llamaste en el ventanal. Te veías agitado, nervioso, preocupado. Corrí a abrirte la puerta y asustado la cerraste tras de ti, dijiste algo de Nicol, a quien no conocía muy bien en ese momento, y entendí que había tenido un hijo con Raúl. No me diste tiempo para nada, Miguel, estabas muy extraño. De la nada apareció Raúl por mi espalda y solo escuché el disparo y vi tu pecho rojo, pensé que te perdería ese día. Tomé tu teléfono del suelo para llamar por ayuda pero el nerviosismo y el miedo me impedían marcar con facilidad. No había alcanzado a marcar cuando entró una llamada de un número guardado como ‘Nicol’. Raúl debió haberse fijado en esto cuando me tironeó la blusa para arrancarme el teléfono de las manos. Solo alcancé a levantar mi cara cuando vi su mano aproximarse para estallar en mi oído. No recuerdo mucho de esos minutos, pero te escuché gritar, perdía el conocimiento cuando vi a Raúl agarrar tu teléfono y estrellarlo contra el piso, luego perdí el conocimiento y desperté en casa de Carol con un gel cubriéndome la parte adolorida de mi cara; ella fue quien me contó de ti”. Me contó Bianca esa tarde mientras me acariciaba el pecho donde estaba la cicatriz. Todo entre nosotros estaba tal como lo había deseado, pero habían detalles que no me calzaban: Había pasado todo un año y Bianca me trataba con tanto amor como si solo hubiera estado en coma por unas semanas, ¿Qué me estaba ocultando?
“¿Qué ha sido de tu vida este tiempo?” Inquirí determinado. Ella palideció y levantó su cabeza, se quedó muda por un par de segundos y balbuceaba una y otra vez “nada, nada” mientras agitaba su cabeza en negación.  Quise preguntarle más, pero no parecía ser el momento preciso para hacerlo, causaba ruido en mi mente saber que pasó todo un año y Bianca continuó con su vida pero no se siente cómoda diciéndome lo que estuvo haciendo. Busqué otra consulta para hacerle, una que fuera más sencilla, pero no había; solamente la miré a los ojos e intenté en vano calmar la situación. “¿De Raúl se sabe algo?” fue mi siguiente movimiento. Ella bajó su cabeza preocupándome un poco. “¿Qué sucede?” pregunté un poco cabizbajo, ella levantó su mirada, no aguantó la presión y se levantó. Acarició su cabello y puso su otra mano en la cintura, su postura definitivamente no era de alguien que estuviera feliz de recordar el año que había pasado. La intriga me comía por partes y solamente quería que me dijeran las cosas de las que me había perdido. “No puedo ahora. Miguel, prometo que te lo diré, pero ahora mismo aun es difícil recordarlo sin sentirme un poco mal” respondió con tono triste, “mejor me voy y vuelvo mañana, ya se está haciendo tarde” fue su reacción. Ahora me quedaba con dudas y sin compañía, todo por haber querido preguntar lo que había pasado.
El Doctor Muñoz se acercó cercana las 11 de la noche para un control de rutina, me miró con aire preocupado y  me preguntó por Bianca, “¿Está bien?” exigió saber. “Claro que si” le dije, pero no entendía la relación que ellos sostenían. “¿Ustedes se conocen?” fue mi pregunta, él me miró atónito y sin poder creerlo me confesó “¿Ella no te ha contado aún?”. “Al parecer me he perdido mucho este año” le dije con tono sarcástico, estaba incluso un poco molesto, ¿Cómo Bianca me podía ocultar tantas cosas? “¿Me contará o solo me dejará con la duda?” dije firme al Doctor. “Solo pensaba que era más apropiado que ella te cuente, pero puedo darte algunas partes de la historia, las partes que yo conozco solamente” me miró con angustia, terminó de escribir cosas en su libreta, se colgó el estetoscopio y resopló desganado, caminó hacia la silla gris que estaba a un costado de la camilla, se acomodó y me llamó por mi nombre luego de mucho tiempo. “Miguel, Bianca es la única que ha venido cada uno de los días a verte, ella siempre te contaba lo que había sucedido y hasta se quedaba dormida acariciándote la mano o el cabello. Ella es tu ángel, siempre me preguntaba por tu desarrollo y por el día que llegaras a despertar. No sé qué la habrá pasado un día cuando por una semana no apareció y cuando volvió tenía marcas muy extrañas en el cuello y los brazos, algunas de las marcas tenían morado y azul a su rededor, al más nuevo de los doctores quizá se le dificulte, pero esas marcas son claras de forcejeo y maltrato; alguien le hizo algo muy feo a ella, porque luego de ese cuadro ella no era la misma. Entraba tranquila, sin su tarareo habitual, sin los saltos que daba” me contó con tranquilidad. “Doctor, ¿hace cuánto fue esto?” buscaba saber con miedo, “Creo que si prestas atención, aún puedes notar las marcas de sus brazos, eran los más marcados” me respondió amargamente. Se levantó y me aconsejó tratarla con cuidado y no preguntar mucho sino esperar a que ella se sintiera cómoda contándome los detalles. “Ella te ama, ¿Lo sabías?” preguntó antes de salir de la habitación. Sonreí y asentí con un nuevo cariño por ella, sí, yo ya la amaba, pero ahora mi amor era diferente, más profundo. Todo ya era tranquilo para poder continuar el descanso, y lo vi en el pasillo. Tenía cara diabólica, un cuchillo en la mano y sangre en su camisa. Intenté ocultarme bajo la sábana delgada pero me vio igual. Podía sentir su furia desde mi camilla, él intentaba entrar pero los guardias advirtieron lo extraño y corrieron tras él. Mi presión subía y las enfermeras corrían a chequearme. Todo por ese sopenco. 

Siguiente capítulo: 25 y un milagro - El final