Abrí mis ojos y Bianca estaba frente a mí con una sonrisa
tan hermosa que casi parecía un sueño. El aroma de la habitación era exquisito,
podía transportarme al campo donde pasé vacaciones cuando niño, mi vida era
pura felicidad en esos años, miré mis brazos y agujas perforaban mis manos,
levanté la vista y Bianca seguía mirándome atónita; sus ojos delataban lágrimas
previas y emoción del momento, no se veía cansada y tenía una extraña
apariencia más adulta. Su cabello rizado me recordaba las tardes que pasábamos
en el Restó los miércoles mientras ella vivía con Raúl; recordé lo importante
que debía decirle de Nicol y su hijo pero al intentar hablar mi garganta
carraspeó. “Tranquilo” me dijo “no has hablado en mucho tiempo, ten cuidado con
tus movimientos”. Me ayudó a sentarme y comencé a recordar algunas cosas de esa
fatídica noche. Carol también había estado ahí, dejó un globo con el típico
mensaje de “recupérate pronto” firmado por ella, Lucas y su pequeño Antonio.
Miré alrededor de la habitación y con tono burlesco me dijo “Logré que te
dieran la 417, pensé que se te haría más cómodo, así tenemos una habitación en
común”, intenté sonreír y el poco movimiento me pasó la cuenta. Ella se veía
como un ángel, era lo único en lo que podía pensar. Luego de un par de minutos
tratando de verme como un humano normal, comencé la ronda de preguntas para
saber un poco más por qué estaba en el hospital ese día. Empezamos por lo
simple y aunque casi obvio yo no sabía: “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” pero antes
de responder, entró la enfermera y un doctor con preocupación en su mirada. El
Doctor Muñoz me revisó, tomó la presión y le pidió a Bianca que se retirara por
un momento. Ella asintió y me miró: “Solo para que te orientes un poco, mañana
cumplo 26 años, esperaré mi regalo” y se alejó cerrando la puerta y dejando la
estela de su vestido azul en el pasillo.
Toda esa noche imaginé lo que podría haber sucedido en un
año, cómo ha cambiado la vida y lo perdido que estaba. En mi mente todo se
detuvo cuando llegué a casa de Bianca y la llamé por la ventana, ella
sorprendida salió por el ventanal y vio mi agitación; se apresuró abrirme la
puerta de entrada. Exhausto cerré la puerta tras de mí y le dije con palabras
muy simples que Raúl había tenido un hijo con Nicol hace unas semanas. Dejó
todo en secreto para poder rearmar su vida sin las interrupciones del prejuicio
y aparentar ser quien todos creían que era. Fue en ese instante que oí el
estallido y sentí la sangre brotarme por el pecho, no era el corazón, pero lo
suficiente cerca como para matar a cualquiera. El rostro enfurecido de Raúl
tras la ventana del salón y la pistola negra estaban fijamente clavados en mí,
Bianca palidecía al solo verme sangrar, agarró su teléfono y marcó con
nerviosismo mientras otra de sus manos se embarraba intentando ayudarme. Raúl
la tironeó y la mandó lejos, con una sola cachetada la calló y la dejó
inconsciente. “Aló?” se oía en el teléfono, y solo pude gritar con todas las
fuerzas que me quedaban un ahogado “Auxilio” un par de veces hasta que no pude
aguantar ni un segundo más.
Nicol llegó a visitarme al día siguiente, era una agradable
vista de ella y su pequeño que ya cumplía un año. Era un niño hermoso,
sonriente y bien parecido a su madre, con suerte jamás tendrá que parecerse a
su padre. Nicol había oído de mi despertar y, al igual que la mayoría que me
conocía, estaba sorprendida. Entró a la habitación y soltó un suspiro de alivio
y se apresuró a sentarse cerca de la camilla mientras su hijo se acomodaba
entre mis piernas. “Fue todo mi culpa, no debí haberte dicho todo ese mismo
día”, explicó, “Supuse que algo andaba mal cuando te llamé esa noche para
decirte que no fueras de inmediato a contarle a Bianca porque él sospechaba
algo, pero ya era tarde y solo escuché un apagado grito de auxilio. Fue ahí que
llamé a la policía y la ambulancia” completó. Al fin el registro quedaba un
poco más claro en mi mente. Nicol había llamado a Lucas y Carol para que nos
ayudaran, así cuando llegaron a casa de Raúl se llevaron a Bianca a casa de
Carol para evitar que Raúl le hiciera daño alguno. Tras varias horas de
búsqueda, lograron dar con Raúl en las afueras de la ciudad y lo apresaron al
instante. Llegué al hospital con menos de la mitad de la sangre que necesitaba
y con una inconciencia evidente. Me llevaron a la sala de emergencias y
quitaron la bala de mi pecho. La recuperación tardaría unos cuantos meses, pero
un daño en la arteria principal había causado un derrame en mi cerebro durante
la operación. Nadie creyó que seguiría con vida después de eso, y el coma se
extendió por todo un año hasta ayer que desperté de milagro. No bien pasó una
hora cuando el niño de Nicol casi se cae de mi camilla y ella lo atrapó casi de
suerte. Decidió que ya era hora de irse y me besó en la frente agradeciendo mi
buen ánimo al enterarme de todo esto. “Vendré otra vez durante la semana” se
despidió alegre, no todos los días despierta alguien de un coma tan largo.
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