domingo, 20 de diciembre de 2015

25 y un milagro - 4

Ahora la decisión estaba en manos de Bianca. Luego que Raúl le dijera todo lo que tenía por decirle, ella salió de la habitación pálida y nerviosa; le costaba un poco respirar y no articulaba bien las palabras. Fue a su casa de inmediato y no dijo ni una palabra en cuanto a su conversación con ese hombre. Molesto me acerqué a Raúl a preguntarle sobre el asunto, pero con mirada competitiva me repitió unas burdas palabras de antaño: “Que el mejor gane”. Anonadado reaccioné ante la sugestiva invitación a luchar por Bianca, pero aún necesitaba saber qué le había dicho este tipo a ella. Bianca me había contado de él y de sus gustos; me habló de lo perfecto para ella que era él y me comentó en repetidas ocasiones lo bien que él la hacía sentir cada vez que la elogiaba. Sus labios decían emoción pero sus ojos delataban lo forzado que estaba siendo para ella. Me dijo una y otra vez lo bueno que yo hacía en su vida y noté convicción, pero aún chasqueaba en mi memoria la noche de nuestro primer beso y como Raúl le había propuesto ser su novio.
Bastaron unas horas para recibir el mensaje dudoso de Bianca: “¿Podemos charlar un momento?”. Eso estaba demás, ella sabía que siempre estaría dispuesto para verle y hablarle, ella hacía de mis días una montaña rusa en el mejor sentido de la expresión. Esa noche ahí me tenía, colgando de un hilo por saber qué le había dicho ese patán –que admitámoslo, era muy bueno, pero un rufián en cualquier historia- y por qué había quedado ella tan conmocionada. Su primera pregunta fue directa: “¿Qué sientes por Carol?” y mi corazón se detuvo por un segundo, ¿Qué tenía que ver ella en todo esto? “Nada” repetí convencido; ella entreabrió sus ojos y balbuceó otra pregunta que en un principio no comprendí: “¿Qué sientes por mí?” y otra vez mi corazón se detuvo, pero esta vez cobraba ánimo para responder de manera más calmada y con ánimos de héroe, pero mi mente no dejaba de divagar en Raúl y su absurda propuesta, él había jugado sucio y me obligaba a perfeccionar mi método. La miré a los ojos y le respondí con determinación: “Siento que solo quiero estar contigo, sentarme a tu lado por siempre y no dejar pasar ni un segundo más; quiero tomar tu mano y mirarte, tus ojos, tu sonrisa, Bianca, cada vez que hablamos, no dejo de sonreír” y de la manera más sencilla que pude, tomé su mano, acaricié su rostro y esperé una reacción… pero nada. Junté mi frente a la suya y respiré hondo del mismo aire que respirábamos. Acerqué mis labios a los de ella y sentí su amarga pena en los labios. Con ojos llorosos me miró y no pudo contener sus ojos vidriosos de estallar en lágrimas de dolor. “Tendré que irme lejos, no quiero hacerte sufrir viéndome con alguien más, sabiendo que tus sentimientos son tan profundos”. “De todas maneras me harás sufrir si no puedo verte nunca más” respondí con dolor. Exigí que me explicara, pero se limitó a calmar mis ansias con una invitación: “Almorcemos mañana en el café de Villa buena y podemos hablar más tranquilamente, necesito descansar”.

Llegué al café y pedí lo que siempre ella pedía, ordené la comida para ambos y aguardé pacientemente hasta ver su silueta aparecer en el horizonte. Traía una sonrisa de esas que se practican durante toda la noche y un ánimo del que notas cansancio pero no dices nada por protocolo. “¿Quieres ordenar algo para comer?” dijo con voz trémula. “Ya lo hice, pedí tu favorito” y me sonrió débilmente. Luego de la conversación de rutina de cómo había pasado la noche y qué le había parecido el clima de hoy volteamos nuestra conversación a lo que nos importaba realmente. “Raúl me pidió que me fuera a vivir con él” dijo nerviosa. Llegó el garzón y nos ofreció el vino de la casa, ella aceptó por ambos y me sorprendió con una frase simple: “creo que le diré que sí”. Sentía la impotencia llenar mi cerebro y bloquear mis movimientos, se nublaba mi vista y no podía expresarme con claridad. ¿Cómo era posible que ella aceptara irse con él? ¿Qué tenía que hacer para detenerla? ¿Qué hizo él para convencerla? La angustia no me dejaba hablar y tuve que beber un sorbo del vino recién servido. Con dificultad aclaré mi garganta y exigí una explicación más detallada de la situación y ella comenzó a relatarme cómo Raúl había pagado toda la cuenta del hospital y había cuidado de ella cada día durante las semanas que ella estuvo ahí, sonaba lógico pero injusto. “Pero tú no lo amas” solté con efervescencia y dejé que absorbiera tal declaración. “No tengo otra manera de pagar todo lo que hizo por mí; además, él ha sido tan amable y bueno conmigo, simplemente parece correcto” dijo tímida. “¿Y estás dispuesta a renunciar a tu felicidad únicamente para hacer feliz a un hombre que no te ama tanto como yo?” respondí con audacia. Nuestras miradas se cruzaron por más que unos segundos. Sus ojos vidriosos aparecieron nuevamente para recordarme lo frágil que había quedado estas semanas, me castigó un suspiro que ella dejó salir y su “jamás comprenderías” que soltó sin más preámbulos. Se levantó para irse dejando su comida a medias y sacando algunos billetes de su cartera. Me levanté y pregunté en búsqueda de esperanza: “¿Qué debo hacer para que no te vayas con él y sigas a tu corazón?”. Levantó su mirada y se acercó lo suficiente para besarnos, pero solo dijo “Ni yo misma lo sé” y se alejó sin decir una palabra más. 

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