Ahora la decisión estaba en manos de Bianca. Luego que Raúl
le dijera todo lo que tenía por decirle, ella salió de la habitación pálida y
nerviosa; le costaba un poco respirar y no articulaba bien las palabras. Fue a
su casa de inmediato y no dijo ni una palabra en cuanto a su conversación con
ese hombre. Molesto me acerqué a Raúl a preguntarle sobre el asunto, pero con
mirada competitiva me repitió unas burdas palabras de antaño: “Que el mejor
gane”. Anonadado reaccioné ante la sugestiva invitación a luchar por Bianca,
pero aún necesitaba saber qué le había dicho este tipo a ella. Bianca me había
contado de él y de sus gustos; me habló de lo perfecto para ella que era él y
me comentó en repetidas ocasiones lo bien que él la hacía sentir cada vez que
la elogiaba. Sus labios decían emoción pero sus ojos delataban lo forzado que
estaba siendo para ella. Me dijo una y otra vez lo bueno que yo hacía en su
vida y noté convicción, pero aún chasqueaba en mi memoria la noche de nuestro
primer beso y como Raúl le había propuesto ser su novio.
Bastaron unas horas para recibir el mensaje dudoso de
Bianca: “¿Podemos charlar un momento?”. Eso estaba demás, ella sabía que
siempre estaría dispuesto para verle y hablarle, ella hacía de mis días una
montaña rusa en el mejor sentido de la expresión. Esa noche ahí me tenía,
colgando de un hilo por saber qué le había dicho ese patán –que admitámoslo,
era muy bueno, pero un rufián en cualquier historia- y por qué había quedado
ella tan conmocionada. Su primera pregunta fue directa: “¿Qué sientes por
Carol?” y mi corazón se detuvo por un segundo, ¿Qué tenía que ver ella en todo
esto? “Nada” repetí convencido; ella entreabrió sus ojos y balbuceó otra
pregunta que en un principio no comprendí: “¿Qué sientes por mí?” y otra vez mi
corazón se detuvo, pero esta vez cobraba ánimo para responder de manera más
calmada y con ánimos de héroe, pero mi mente no dejaba de divagar en Raúl y su
absurda propuesta, él había jugado sucio y me obligaba a perfeccionar mi
método. La miré a los ojos y le respondí con determinación: “Siento que solo
quiero estar contigo, sentarme a tu lado por siempre y no dejar pasar ni un
segundo más; quiero tomar tu mano y mirarte, tus ojos, tu sonrisa, Bianca, cada
vez que hablamos, no dejo de sonreír” y de la manera más sencilla que pude,
tomé su mano, acaricié su rostro y esperé una reacción… pero nada. Junté mi
frente a la suya y respiré hondo del mismo aire que respirábamos. Acerqué mis
labios a los de ella y sentí su amarga pena en los labios. Con ojos llorosos me
miró y no pudo contener sus ojos vidriosos de estallar en lágrimas de dolor.
“Tendré que irme lejos, no quiero hacerte sufrir viéndome con alguien más,
sabiendo que tus sentimientos son tan profundos”. “De todas maneras me harás
sufrir si no puedo verte nunca más” respondí con dolor. Exigí que me explicara,
pero se limitó a calmar mis ansias con una invitación: “Almorcemos mañana en el
café de Villa buena y podemos hablar más tranquilamente, necesito descansar”.
Llegué al café y pedí lo que siempre ella pedía, ordené la
comida para ambos y aguardé pacientemente hasta ver su silueta aparecer en el
horizonte. Traía una sonrisa de esas que se practican durante toda la noche y
un ánimo del que notas cansancio pero no dices nada por protocolo. “¿Quieres
ordenar algo para comer?” dijo con voz trémula. “Ya lo hice, pedí tu favorito”
y me sonrió débilmente. Luego de la conversación de rutina de cómo había pasado
la noche y qué le había parecido el clima de hoy volteamos nuestra conversación
a lo que nos importaba realmente. “Raúl me pidió que me fuera a vivir con él”
dijo nerviosa. Llegó el garzón y nos ofreció el vino de la casa, ella aceptó
por ambos y me sorprendió con una frase simple: “creo que le diré que sí”. Sentía
la impotencia llenar mi cerebro y bloquear mis movimientos, se nublaba mi vista
y no podía expresarme con claridad. ¿Cómo era posible que ella aceptara irse
con él? ¿Qué tenía que hacer para detenerla? ¿Qué hizo él para convencerla? La
angustia no me dejaba hablar y tuve que beber un sorbo del vino recién servido.
Con dificultad aclaré mi garganta y exigí una explicación más detallada de la
situación y ella comenzó a relatarme cómo Raúl había pagado toda la cuenta del
hospital y había cuidado de ella cada día durante las semanas que ella estuvo
ahí, sonaba lógico pero injusto. “Pero tú no lo amas” solté con efervescencia y
dejé que absorbiera tal declaración. “No tengo otra manera de pagar todo lo que
hizo por mí; además, él ha sido tan amable y bueno conmigo, simplemente parece
correcto” dijo tímida. “¿Y estás dispuesta a renunciar a tu felicidad
únicamente para hacer feliz a un hombre que no te ama tanto como yo?” respondí
con audacia. Nuestras miradas se cruzaron por más que unos segundos. Sus ojos
vidriosos aparecieron nuevamente para recordarme lo frágil que había quedado
estas semanas, me castigó un suspiro que ella dejó salir y su “jamás
comprenderías” que soltó sin más preámbulos. Se levantó para irse dejando su
comida a medias y sacando algunos billetes de su cartera. Me levanté y pregunté
en búsqueda de esperanza: “¿Qué debo hacer para que no te vayas con él y sigas
a tu corazón?”. Levantó su mirada y se acercó lo suficiente para besarnos, pero
solo dijo “Ni yo misma lo sé” y se alejó sin decir una palabra más.
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