Desde aquí podía escuchar su risa, no había cosa más
agradable en esos instantes, me había acostumbrado a tal grado a su bullicio
constante que era casi imposible no extrañarla una vez se había ido. Estaba ahí
yo, fuera de la mansión de Raúl esperando que ella se asomara al ventanal. Cada
tarde después de almuerzo se juntaba con algunas vecinas a charlar de qué se yo
y luego subía a su alcoba, a despejar su mente seguramente. Con precisión
apareció como cada tarde de miércoles; su cabello rizado ondeaba al viento y su
vestido de flores combinada con sus aretes de mariposa. Llevaba un labial rosa,
distinto al que solía ocupar cuando vivía cerca de casa, sin embargo no dejaba
de sonreír, por mucho que tuviera que fingir… podía notarlo en sus ojos. Con un
pequeño llamado se paralizó y giró en dirección a mí, me sonrió e hizo señas
para indicarme que bajaría en un instante. Dejé soltar un suspiro para dar
espacio a la emoción de verla otra vez. Nuestros momentos a solas habían disminuido
constantemente desde que se vino a vivir con ese hombre.
Cada tarde de miércoles durante los últimos 2 meses hemos
quedado con Bianca de juntarnos para tomar un café en el Restó del sector en el
que vive. Aún es extraño pasar por ella en mi moto cuando todos manejan carros
de lujo y hasta limusinas, la vida es muy diferente en este sector; aún más
cuando mi moto es tan tosca que dificulta pasar desapercibidos. Raúl es dueño
de una casa modesta comparada con las otras de la villa, de igual manera es ostentosa
comparada con aquellas en las que Bianca y yo solíamos vivir de niños. “Es más
de lo necesario” decía ella, olvidándose de lo cómoda que podía llegar a vivir
en ese lugar. Ante los suntuosos complejos no podía más que sorprenderme y
sentirme menor que todo lo que me rodeaba; a veces, hasta la acera era más
costosa que cualquier cosa que alguna vez yo había poseído. Bianca me miraba
con recelo y no se dejaba sorprender por tan magníficos escaparates.
Llegamos al lugar y nos sentamos en la mesa de siempre, a la
ventana porque ella adora sentir el sol del atardecer, ese naranja a las 7 de
la tarde que a algunos ‘solo le molesta la vista’ para ella era lo más
agradable, “Me hace recordar a casa y las cosas buenas” era su repetitiva
razón, ya me la sabía de memoria junto a otras varios ‘tips’ incluyendo su flor
favorita y la forma más entretenida según ella de hacer el trabajo arduo, aun
así era hermoso escucharle decir esas cosas. Nos trajeron la carta y pedimos lo
de siempre, trajeron el café mientras preparaban las tostadas con mermelada que
tanto nos gustaban de aquél Restó. Esta era una tarde especial para ambos; para
mí era una oportunidad de recordarle que, como ella había dicho antes, los dos
meses habían pasado y ya era hora de volver a casa, deudas saldadas la dejaban
libre para volver e intentarlo junto a mí; para ella era un día festivo, ni más
ni menos que el día en que cumplía 25 años. Su emoción era evidente, estaba
entusiasmada por los planes que teníamos para ese memorable 11 de Julio que, sin
duda alguna, sería lo mejor de ese mes para ambos. Saqué un pequeño regalo que
le había preparado, unos sencillos aretes dentro de una cajita, envueltos a su
vez en papel de arroz de lila, su color favorito. Con asombro tomó el regalo y
me abrazó, “Raúl no recordaba que mi cumpleaños era hoy, ha trabajado todo el
día, gracias por recordarlo” me dijo titubeante; tomó el envoltorio mientras
lenta y cuidadosamente lo abría, sin dejar que el papel se rasgara. Al instante
se puso sus nuevos pendientes y comenzó a alardear de lo lindos que se veían en
ella, me reí a la vez y aproveché la euforia para tomarle la mano y hacerle la
pregunta que me había estado atragantando todas estas semanas: “¿Volverás a
casa?”.
Pero no respondió, su sonrisa cambió por seriedad y su
éxtasis repentinamente se tornó en serenidad de esas que asustan. Me miró con
angustia y soltó mi mano, se cubrió el rostro y dejó relucir un anillo del que
antes no me había percatado: tenía una sencillez y finura exquisitas, era
plateado con una rosa grabada en el frente, me fijé en el dedo que estaba el
anillo y mi cara perdió su color. “¿Cuándo fue?” solté sin pensar, evidenciando
enojo y celos en mi cara. “hace dos noches me preguntó si quería casarme con él
en unos meses más” balbuceó ella. “¿No pudiste si quiera decírmelo?” resoplé
con enfado aguardando una explicación coherente, mientras intentaba recordar
que era su cumpleaños y merecía una buena tarde. Me calmé y la miré, sus ojos
sollozantes revelaban su ternura y la necesidad de protección, en ese instante
recordé cuánto la he amado y lo importante que es en mi vida, y lo feliz que
quiero que sea. “Quiero ayudarte, ¿Puedo?” recurrí luego de calmarme, ella
sorprendida asentía con recelo. Hasta aquí había sido un cumpleaños
extrañamente memorable. Vino Carol a mi mente y lo fuerte que ella fue al
sobreponerse a la situación y deseé tenerla cerca, quizá era hora de pedirle un
par de consejos.
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